La conversión del obrero
Hay intereses legítimos e ilegítimos. No todo lo que le puede interesar a un individuo es lícito o está al amparo de la ley. Los intereses legítimos de los trabajadores están reconocidos en la Constitución y las leyes y son, por tanto, derechos ciudadanos. Si de lo que se trata es de que se respeten sus derechos, van a encontrar el respaldo de la gran masa de ciudadanos y de las organizaciones independientes de la sociedad civil. Afortunadamente, ya han desaparecido del horizonte político de las agrupaciones obreras las alocadas ideas en torno a la dictadura del proletariado, la eliminación de sus adversarios, y la destrucción de la máquina del Estado, de modo que ya no es siquiera relevante detenerse a discutir semejantes artefactos de un pensamiento hoy trasnochado. Una vez que las organizaciones sindicales entiendan su rol ciudadano pueden convertirse en verdaderos líderes de una transformación social que requiere introducir cambios en las instituciones políticas y sociales. Su participación como ciudadanos, ya sea que formen y respalden una alternativa política electoral, ya sea que influyan en la opinión pública defendiendo sus posiciones y denunciando abusos del poder, es bienvenida por la democracia. Atrás ha quedado el obrerismo ingenuo con sus métodos violentos y conspirativos en búsqueda de ganancias pequeñas y de corto plazo. La defensa de sus mejores intereses requiere una madurez que hoy los obliga a convertirse de obreros en ciudadanos. Al margen de la Constitución y las leyes, solo serán tratados como unos forajidos.
