La corrupción
La lucha contra la corrupción ha estado en la agenda de nuestros últimos presidentes; pero cuando examinamos lo que se ha logrado para reprimirla, nos encontramos que poco se ha avanzado. Y no es por falta de intento.
No obstante, al recibir esas promesas en primera plana de los medios de comunicación, la reacción del pueblo es abrumadoramente escéptica. Este derrotismo es la reacción cada vez mas profunda en nuestro país. La corrupción se ha convertido en un modo de vida sistemático. En el caso del funcionario público, la deshonestidad es mucho más grave porque el impacto de su acción puede influir negativamente en muchas personas. La honorabilidad en el ejercicio de un cargo público, como en cualquier otro, no es solo abstención de conducta ilegal, es también responsabilidad y valentía. Los que no sean capaces de armonizar su interés personal con el de la comunidad poco o nada tienen que hacer en el Panama democrático, nada en el Gobierno. Por naturaleza la corrupción es difícil de ser detectada. Es una actividad inherentemente secreta de la cual nadie se siente orgulloso de divulgarla. Las medidas que se adoptan muchas veces van en detrimento de derechos individuales, como el de la privacidad y de la presunción de inocencia. Prácticas como las de utilizar agentes encubiertos, intervenir líneas telefónicas, se prestan al abuso.
Los libros que se escriben sobre la materia están dedicados a destacar el efecto devastador del soborno, extorsión, tráfico de influencias, comisiones, fraude y otras actividades ilícitas, pero no dicen como combatirlas; a los sumo, proporcionan una lista de ideas vagas y poco útiles. En nuestra opinión, lo que más puede desalentar los actos de corrupción son los castigos severos que pueden incluir despidos, multas y prisión, así como también la denuncia pública que impacta la reputación y el nombre de la persona. Importante en todo esto, es agilizar los trámites que se requieren desde la investigación hasta el juicio y la imposición del castigo.
La corrupción esta en todas partes y toma diferentes formas. No solo es corrupto el que roba; lo es también el maestro que no enseña y el alumno que no estudia. Lo que más alienta la corrupción es ver por las calles en actitud desafiante a sinvergüenzas y abusadores quienes con su “éxito” parecieran demostrar que el observar los principios éticos y morales es solo para las monjas y los boy-scouts y que el nombre del juego es el oportunismo.
