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La creatividad al poder


El Mayo Francés del 68 fue un suceso político kafkiano, aunque por lo insólito de su absurdidez, pudiera decirse que pertenece a la estirpe del pensamiento de Camus, Beckett, Artaud o Ionesco. Prometía un cambio de estructuras en la sociedad occidental, al mismo tiempo que criticaba al socialismo soviético, y por supuesto, al capitalismo consumista desarrollado a partir de la posguerra. Nació de una simple crítica a un libro escrito por el entonces Ministro de Educación francés durante una conferencia sostenida en la Universidad de Nanterres. Un joven llamado Daniel le recriminó al Ministro que en su libro no dijera nada sobre la libertad sexual. Eso bastó para ser expulsado y para que sus compañeros realizaran una huelga que se extendió más allá de las fronteras de Francia. Se calcula que la huelga general fue acatada por nueve millones de franceses. Terminó cuando el presidente de Gaulle adelantó las elecciones.

A pesar de sus promesas, la revuelta sólo quedó inmortalizada en unos cuantos lemas más o menos ingeniosos. De todos, uno al menos, parece haber tenido éxito: La imaginación al poder. Hoy no existe disciplina donde no se exija creatividad. Si usted es presidente de algo, ya sea de una junta de condóminos, de una empresa o de una república, lo primero que le exige a sus subordinados es que sean creativos, especialmente, cuando se deben efectuar recortes de gastos, crear nuevos impuestos o hacer paquetes de leyes surtidas.

Es cierto que la creatividad descansa en la capacidad intelectual y en el poder de imaginación, pero su mayor cualidad es la de ser creíble. Para mí, los genios de la creatividad son los científicos y después los artistas. Tratar de explicar el universo con una fórmula matemática, es tener demasiada imaginación y una gran dosis de credibilidad en la solución de hechos que todavía no han ocurrido, o que si hubiesen sucedido, estarían rodeados de incertidumbre. El científico cree en el poder racional de la imaginación lógica, con la misma devoción que el religioso cree en el poder irracional de la fe. Aunque lo comparta sólo parcialmente, hay quien admite que toda la ciencia es un acto creativo permanente, progresa enmendando errores para acomodar la infinita probabilidad de eventos concurrentes y azarosos en una nueva versión inteligible que pueda hacernos entender la esencia de lo existente. Camus se bajó de ese Olimpo y admitió que tal poder creativo era absurdo y que el mundo también los es.

Aprendí durante los primeros años de ejercer el pensamiento autónomo, que la creatividad y la imaginación comparten los mismos límites que los sueños conque aspiramos a realizar nuestro futuro. Pero entre la creatividad y la realización existe un abismo insondable. Porque la realidad no suele ser como la imaginamos, aunque algunos terminemos viviendo en un mundo donde realidad e imaginación son una sola y misma cosa. La literatura es parte de ese mundo y cada cual es libre allí de hacerse uno a la medida. Basta con el poder de la creatividad.