La crisis alimentaria es más que una simple falla de mercado
Entre los elementos en que se expresa la irracionalidad del sistema vigente se destacan los vinculados con la alimentación. Mientras que a nivel mundial la FAO reportó hacia el 2008 la presencia de 850 millones de personas subnutridas, que representan el 13% de la población total, el problema de la obesidad también se manifiesta como un creciente problema. De acuerdo con la OMS, para ese mismo año 1500 millones de personas sufrían a nivel global de obesidad.
El carácter de contraste de esta situación se ilustra con el hecho de que para el 2008 el 41% de la población de Etiopía se encontraba en condiciones de subnutrición, mientras que cerca del 30% de los norteamericanos sufría de obesidad. Es así que mientras que los que carecen de capacidad adquisitiva sufren de hambre, los consorcios de la llamada industria de los alimentos hacen enormes esfuerzos por asegurarse una adecuada demanda para su producción a partir de quienes sí la tienen.
Kenneth Rogoff, actual profesor de la Universidad de Harvard, ampliamente conocido por haber ocupado el cargo de economista principal del FMI y por su reciente libro sobre las crisis financieras, publicado, en colaboración con Carmen Reinhart, bajo el título “Esta Vez es Diferente”, ha realizado una importante denuncia con relación a la acción no regulada de la industria de la alimentación. De acuerdo con esta, los oligopolios que la controlan estarían promoviendo el consumo de comida chatarra, cuyo resultado es simplemente el aumento del peso corporal, a la vez que gastan grandes sumas de dinero en investigaciones destinadas a encontrar la mezcla óptima de azúcar, sal y químicos destinados a hacer altamente adictiva las llamadas comidas rápidas. Estas empresas, añade Rogoff, también son capaces de gastar enormes sumas de dinero en realizar campañas publicitarias, que impactan especialmente a los niños, las que les aseguran un enorme mercado. El resultado de esto no es otro que una baja en la calidad de vida, las crecientes enfermedades y la muerte prematura. El costo es entonces de la población, las ganancias de los consorcios.
Por otra parte, los oligopolios globales que controlan los insumos, la producción y la distribución de alimentos, igualmente guiados por la sed insaciable de beneficios, desplazan a miles de campesinos de sus tierras, es decir de sus medios de subsistencia, al tiempo que destina una buena parte de la producción de granos básicos a la producción de biocombustibles, limitando la oferta de los mismos para el consumo de quienes tienen menor capacidad adquisitiva. A esto se debe sumar el hecho de que la forma de producción que promueven, que es altamente intensiva en el uso de combustibles fósiles, genera un creciente impacto ambiental, al que se suma el agotamiento de las fuentes de agua.
No estamos frente una simple falla de mercado, se trata de todo un sistema que sostenido en la búsqueda desmedida del lucro ha perdido todo contacto con la efectiva racionalidad humana. El cambio de civilización resulta, en esta situación, un imperativo de la supervivencia colectiva.
Economista.
