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La dama del carrito


En esta época lluviosa, en la horas pico, por las calles también suelen correr torrentes de metal en cuatro ruedas. Como ríos embravecidos buscan su cauce madre, para encontrarlo atosigado de transeúntes audaces e irresponsables, semáforos inteligentes con bajo coeficient

e, agentes de tránsito indiferentes, dedicados exclusivamente a cuidar el acceso vehicular de empresas constructoras privadas donde camiones cementeros descargan -en esas horas inconvenientes del mediodía- con calma chicha y lavado incluido, su espeso contenido para terminar de verterlo por las estrechas alcantarillas de la ciudad. La marea amarilla suele contribuir a esta inundación de ruido y desorden. Los diablos rojos intentan colaborar con los semáforos de ese color y obstruyen las bocacalles con más eficacia que la luz que lo ordena.

La semana pasada me ocurrió algo que en mis cuarenta y tantos años de manejo jamás me había sucedido. Iba por una avenida de cuatro vías, la Aquilino de la Guardia. De los dos carriles por los que circulaba, uno estaba totalmente bloqueado por un policía del tránsito con chaleco fluorescente. Alineaba una fila de camiones cementeros preparándolos para su faena. Yo tenía que girar a la izquierda; mientras tanto, de las dos vías contrarias, una estaba obstruida por una hilera de vehículos estacionados junto a una línea amarilla, frente a un cartel que lo prohibía. De modo que de las cuatro vías originales, sólo funcionaban, malamente, las dos del centro. La línea contraria inmediata a la mía, también estaba atascada, pero una leve movida de un carro permitía unos metros de luz. Aquí interviene la dama del carrito. Como la trompa de su auto impedía que yo maniobrara, le hice señas que avanzara esos metros para pasar por detrás. La dama del carrito no se inmutó. Volví a insistir, esta vez bajando el vidrio de mi ventanilla. La dama no acusó recibo. Mientras tanto, un concierto de bocinas, pitos, cláxones y vuvuzelas hacían temblar todo Marbella. Y la dama ahí. Una señora mayor, muy elegante, que iba en un Mercedes Benz, le solicitó a la dama del carrito, muy cortésmente, lo mismo que yo le estaba pidiendo empapado de sudor por no poder comprender esa conducta “trancadora”, carente de las más elementales normas de urbanidad y sentido común.

Frente a mí, el policía del Estado que cuidaba el tránsito de la empresa privada, fingía mirar el inmenso monstruo inconcluso. Resistiendo con debilidad mi desesperación, alcancé a ver tres policías, dos hombres y una mujer, dentro de una camioneta con jaula. Les hice señas, miraron a la dama del carrito paralizada en su estolidez, luego volvieron a mirarme a mí, los tres con cara de yo no fui. Bajé la ventanilla y les pedí por favor que hicieran algo. Los tres se miraron, pusieron la sirena y arrancaron riendo. En la próxima entrega les diré cómo llegué a destino.