La defensa del acusado
Primera parte
La defensa del acusado es un tema que toda la vida me ha apasionado. Recuerdo que cuando dictaba clases de Derecho Procesal Penal en la Facultad de Derecho de la Universidad de Panamá a los estudiantes del último año, siempre insistía mucho en este tema y procuraba desarrollar de modo amplio todo un catálogo que debe considerar el abogado defensor para llevar a buen puerto esa defensa y, con ella, lo medular: la libertad del acusado, si se encuentra privado de ella.
Generalmente, el abogado defensor piensa casi siempre en el éxito de la causa. En principio, me declaro enemigo de los acuerdos de penas o arreglos entre fiscalía y defensa. Sin embargo, no puedo dejar de estimar que, en casos muy intrincados, en los que la defensa ve reducido su haz de medios o mecanismos para ejercitarla, merced a lo comprometido que se encuentra el accionar del defendido, no puede dejar de considerar tales posibilidades -las de los acuerdos- como un medio de paliar o minimizar los rigores de una pena mayor para el acusado, siempre y cuando este se dé en un escenario de plena y absoluta libertad y en el máximo plano de igualdad.
Pero, insisto, casi siempre pensamos o consideramos los defensores natos, en la absolución o declaratoria de inocencia del acusado y ello por una razón: somos fieles creyentes que en medio de todo el marasmo que conforman hechos y circunstancias, allí muy adentro, muy en el fondo, escarbando, observando, introduciendo la mente aguda y audaz, siempre nos encontraremos con un dato o elemento que nos permite construir, de modo sólido y magistral, la defensa.
Y puedo testimoniar, sin defecto de jactancia, que así me ha acontecido y seguro estoy de que no pocos colegas también podrán testimoniarlo. Por ello, el primer deber moral del abogado consiste en conocer, a ciencia cierta y con profundidad de detalles y datos, la causa que atiende.
Debe tener el universo del caso, dominarlo, trillarlo, cada detalle, no puede darse el lujo de menospreciar hecho o elemento alguno relacionado con el caso: entran en juego, al decir de los viejos criminólogos, tres factores a dominar: de persona, de tiempo y de lugar.
Conocer a los sujetos involucrados en la causa, analizarlos, sus acciones, el grado de participación, sus comportamientos, sus dichos o expresiones; conocer el tiempo, las horas, minutos y segundos en que dícese haber acontecido los hechos, hacer comparaciones, analizar el clima -sol o lluvia, nublado, etc.-, posibilidades de ver claramente los hechos, el escenario de cosas, etc. y, finalmente, el defensor debe dominar, del mismo modo, el lugar. Cada esquina, las calles, la habitación, el entorno del lugar, en fin. En conclusión: el buen defensor penetra, audaz, siempre, en la causa, en el caso. No se permite exclusiones de nada. Todo lo aprecia.
Un buen defensor se lee todo el expediente, como se dice en el argot popular, de cabo a rabo, desde la primera hasta la última página.
Es del caso mencionar que en una causa por homicidio la fiscalía se jactaba de que todas las pruebas abundaban en contra del acusado y que lo determinaban como el autor del hecho. En más de diez tomos que tenía la causa, allí, en las primeras diligencias de investigación pude constatar que existía un breve informe de un agente de la antigua PTJ que expresaba de una llamada que alguien había hecho afirmando que el acusado preso no era quien había matado a fulano de tal.
Sobre ese elemento o dato, al cual nadie había prestado la atención, construí mi defensa: para el jurado fue impactante. ¡Qué tal, solía repetírselo, si la fiscalía se hubiese dado a la tarea de investigar esta llamada y determinar quién la había hecho! ¡Cuántas luces se habrían arrojado al expediente! Pero no, no había así acontecido. Para el jurado no fue tarea difícil pronunciarse sobre la culpa o inocencia del acusado. Su veredicto fue casi inmediato, en menos de tres minutos, salió a proclamar la inocencia de mi defendido.
De modo tal que un buen defensor se lee todo el expediente, como se dice en el argot popular, de cabo a rabo, desde la primera hasta la última página. Recomiendo lápiz y papel, tomar nota o hacer anotación de todo lo relevante para la defensa y así construir los argumentos que luego se plasmarán en las incidencias, recursos, acciones constitucionales, solicitudes de medidas cautelares, fianzas de excarcelación, etc.
Un buen abogado aplica el método de la contradicción. Siempre es bueno confrontar las declaraciones de los testigos, cómo se contradicen o no concuerdan en sus testimonios en cuanto a circunstancias de tiempo y de lugar o errores en la identificación del acusado. Lo mismo vale para los peritos.