La deformación de la educación
Si algo caracterizó a la administración saliente del Ministerio de Educación (Meduca) fue su insistencia en imponer una reforma educativa que, centrada en una visión fundamentalista, neoliberal e impositiva, debería servir para su avance y modernización. Analizar el fundamento conceptual de este intento de trasformación autoritaria resulta útil para prevenirnos de los efectos adversos que tendría que seguir en esa ruta, así como para comprender su sentido antidemocrático.
Siguiendo el enfoque iniciado por Bowles y Gintis, conocido en la literatura como el “principio de la correspondencia”, las reformas neoliberales de la educación tienen como finalidad subordinar y adecuar esta actividad a la visión de lo que el papa Francisco llama el “capitalismo salvaje”, definido como “la lógica del beneficio a cualquier coste”. Los cambios, pese a estar enmascarados en un lenguaje progresista, tienen entre sus objetivos principales el de formar una fuerza de trabajo con las competencias mínimas necesarias para operar en el plano económico como elemento subordinado en el sentido taylorista, la cual, además, resulte sumisa, carente de sentido crítico y capacidad de organizar la defensa de sus intereses nacionales y sociales. Adicionalmente se entiende que esta formación, para ser eficiente, debe hacerse al menor costo posible. Esta es la verdadera base de los llamados procesos de fragmentación, que llevan a una notable diferenciación entre la educación que reciben las élites y la que recibe la población trabajadora.
Estas transformaciones también apuntan hacia la apertura de nuevos campos de generación de beneficios y acumulación de capital para los sectores económicamente dominantes. Aquí se trata de elementos tales como: la privatización directa de la prestación del servicio educativo utilizando financiamiento público (escuelas chárteres y subsidios a la educación privada); la presencia de exámenes estandarizados diseñados, calificados e interpretados por empresas privadas; y la venta de materiales y equipos.
En este esquema, tal como lo ha subrayado recientemente John C. Antuch en un artículo titulado “Labor and Ed Deform”, que fue publicado en la revista Monthly Review de junio de 2014, la reforma educativa neoliberal busca replicar la visión taylorista dentro de la misma escuela. Es así, para comenzar, que todo el proceso de transformación curricular está destinado a que la formación de las llamadas competencias se adecúe, como se adelantó, a la presencia en el mercado de una fuerza de trabajo suficiente y barata, que actúe en posiciones subordinadas en los procesos de producción, con capacidad de entender y ejecutar órdenes, haciéndolo, además, de manera dócil y sin resistencia social. Se trata también de un proceso en el que se depura cualquier habilidad y conocimiento que no se corresponda estrictamente con el objetivo central. Esto explica, para tomar un ejemplo, la eliminación de la materia Relaciones de Panamá con Estados Unidos del pénsum académico.
Más aún, la reforma replica el principio taylorista de quitarle todo control a los trabajadores del proceso productivo y de separación de la concepción de y la ejecución al desarrollo del propio proceso de enseñanza – aprendizaje. Aquí se trata de un giro que devalúa las capacidades, habilidades y experiencia de los docentes de línea, los cuales solo tienen que aplicar y repetir mecánicamente los planes e instructivos prefabricados por las instancias superiores. Esto, además de establecerse como un mecanismo para reducir costos (los de la formación del docente), se constituye en un mecanismo de control social sobre el conocimiento, el cual ahora resulta estrictamente determinado desde el poder autoritario central. Se trata, vale la pena apuntar, de una forma de educación que está signada por la falta de creatividad, en la que los educadores no tienen la flexibilidad para adecuar sus contenidos y métodos a las necesidades sociales y culturales de los estudiantes. También se trata, debemos insistir, en un dispositivo que apunta a una forma de socialización de los estudiantes que prácticamente busca convertirlos en autómatas para la generación de beneficios para los sectores económicamente dominantes.
Como rediseño institucional se trata de una estrategia que incluye su propio mecanismo de forzoso cumplimiento. Es así, tal como lo muestra la experiencia internacional, que los procesos de evaluación de los docentes se modifican significativamente, convirtiéndolos en un aparato punitivo que los obligue a adecuarse a las exigencias del enfoque neoliberal. Esto explica la resistencia de los docentes y la incapacidad de diálogo y cerrado fundamentalismo de la administración saliente del Meduca.
Para quienes creemos en que la educación constituye un pilar fundamental del desarrollo nacional, todo lo anterior reafirma la necesidad de luchar por una educación pública con sentido nacional y social que sea democrática, gratuita y de calidad.