La delincuencia juvenil
Desde hace algunos años ha aparecido la delincuencia juvenil en nuestro país y, en vez de disminuir, ha ido en aumento hasta alcanzar índices llamativos y preocupantes. Cada vez que se ve un nuevo caso, en el cual hay jóvenes involucrados, hablan todos los medios de comunicación sobre el tema y cada uno da su opinión, pero no se hace casi nada o lo suficiente para combatir el problema de la misma. En Panamá contamos con una serie de sociólogos, psicólogos, educadores y demás que podrían aportar sus conocimientos para combatir el flagelo que nos inunda. Oigo y leo hablar de tantas cosas, de diferentes opiniones sobre lo que debe hacerse, pero pareciera que los que opinan solo quieren hacerse escuchar en los diferentes medios de comunicación.
Yo solo soy una médico retirada y poco conozco como los profesionales que he enumerado; pero hay cosas que se caen de su peso para tratar de disminuir la delincuencia juvenil y reincorporar esos muchachos otra vez a la sociedad. Y digo otra vez porque en algún momento de sus vidas, ellos fueron niños normales que luego tomaron un rumbo equivocado. Entonces, estudiemos y averigüemos las causas que hicieron que esos niños con vida corriente, la abandonaron para tomar el rumbo de las pandillas o la delincuencia. Estoy segura de que muchos de ellos, o casi todos, asistieron a las escuelas; investiguemos por qué la abandonaron también. Vayamos a los hogares de esos niños para saber cómo está constituida la familia, quiénes son los padres, si existe el padre y qué hace la madre, qué preparación tiene para educar a esos hijos y, si encontramos otros hogares iguales, trabajar en ellos para prevenir nuevos delincuentes porque lo primero que debemos tratar son los hogares y luego la escuela porque, pareciera mentira, algunos educadores son tan ineficientes que hacen que los niños abandonen la escuela para entrar a las pandillas.
Lo primero que debemos tratar son los hogares y luego la escuela porque, pareciera mentira, algunos educadores son tan ineficientes que hacen que los niños abandonen la escuela para entrar a las pandillas.
Una vez que entran a estos grupos, cómo podemos rescatarlos, pero de verdad, porque no es cuestión de que los gobiernos digan: depongan las armas, entréguenlas y vuelvan a la vida normal, sin un tratamiento psicológico, sin ofrecerles oportunidades de trabajo, de volver a las escuelas donde pueden, a la larga, conseguir una educación que les permita vivir como lo hacen los otros ciudadanos. Que los psicólogos les enseñen las bondades de ser seres normales, pero que el Gobierno y la empresa privada les brinden puestos de trabajo en los que ganen su dinero honradamente. Porque esa es otra cosa: algunas empresas no quieren nombrar a esos exdelincuentes y, por lo tanto, los discriminan logrando que regresen a las pandillas porque la sociedad los ha tirado nuevamente en sus brazos.
Las penas, si bien es cierto que deben existir y, de ser necesario, que se aumenten, busquemos cuántos jóvenes están en la cárcel de todos los que delinquen; porque tengo entendido que muchos jóvenes los pillan en robos y asesinatos e, ignoro la causa, a los dos días están libres para desencanto de la policía que hizo el esfuerzo y expuso su vida para atraparlos y llevarlos a las autoridades competentes. ¿Qué hacen esas autoridades que les permiten volver a la calle para que delincan nuevamente? ¿Es que, acaso, las leyes intermedias son tan débiles que los obligan a soltarlos o que las autoridades son tan débiles que lo hacen? Allí es donde tenemos que ir antes de hablar a todas voces sobre aumentar la pena a los jóvenes delincuentes. Existen sociedades agrupadas que trabajan para rescatar a esos muchachos, pero no es suficiente; tiene que ser un trabajo en conjunto de los gobiernos y la sociedad civil para rescatar a los jóvenes.
Empecemos a trabajar seriamente sobre el particular; dejemos a un lado la notoriedad y no olvidemos a estos jóvenes, algunos de los cuales están desesperados para tener oportunidades y apartarse de esa vida de pandilleros ladrones y asesinos porque su inteligencia clama por encontrar un nuevo camino. Sería una buena labor que este gobierno hiciera seriamente en combinación con esas organizaciones que se han entrenado en este trabajo y que estarían en condiciones de adiestrarlos, pero déjense guiar para rescatar a esos muchachos de la delincuencia. Párense como se paró Piñango, como dice el dicho, y trabajen como debe ser.