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La democracia árabe


Los pueblos árabes, como todos los pueblos, han tenido su época de esplendor y decadencia. Los árabes dominaron las ciencias y las artes y han legado al patrimonio de la humanidad una serie de conocimientos aún vigentes. El medio ambiente, las costumbres, las tradiciones y la religión los fueron moldeando, hasta que sus conquistas por tierras de Occidente consumaron la extraña relación de dos infieles que le juran fidelidad a un mismo Dios.

La invasión napoleónica a Egipto significó una catástrofe militar, pero tuvo un beneficio colateral importante. Napoleón se trajo la piedra de Rosetta (Rashid) y les dejó la imprenta, y con ella la revolución cultural más grande después de Mahoma, que permitió la divulgación de su fe y de su lengua y con ellas la unificación de su pueblo.

La reciente revuelta política -resulta demasiado prematuro calificarla de revolución, pues siempre es posible cambiar de déspota en nombre de la libertad y la democracia- tiene, para el pueblo árabe, el mismo significado que tuvo la Revolución Francesa para nosotros. Cierto es que la mayoría reclama un cambio político auténticamente democrático. Mi preocupación es determinar que entendemos por autenticidad de la democracia en una región que nunca la ha disfrutado y sólo la conoce por los libros, la televisión y la Internet. Como dijo el poeta: “cada región tiene un rasgo prominente/ el Brasil, su sol ardiente/ minas de plata el Perú”. Y los árabes tienen petróleo.

Aún la más ejemplar de todas, la democracia estadounidense, tiene particularidades que en otros países resultan inconcebibles, como la pena de muerte o la anacrónica enmienda constitucional que permite portar armas de cualquier calibre o la maniobra de filibusterismo parlamentario para dejar morir leyes con una maratón de oratoria interminable o que el voto popular pueda ser vulnerado por un representante tránsfuga del colegio electoral. Por citar algunas de sus excentricidades. La democracia inglesa es una monarquía parlamentaria sin constitución formal. Israel es una democracia no secular de un Estado declarado judío y Turquía es, contrario sensu, una democracia secular de un pueblo netamente musulmán.

Pero, a no confundirnos, las palmas de la victoria las ganó el pueblo egipcio, la tecnología fue una simple herramienta informática, como en su tiempo lo fue “la alta voz del muecín”, la escritura, el papiro y la imprenta. Sólo que la revuelta de ahora ha sido más impetuosa y, tal vez, no tan madura. No sé si es probable que la democracia egipcia y por extensión la árabe, adopte el deseable modelo secular turco. Tampoco es imposible que los egipcios decidan volver a recorrer los caminos de su historia y sigan el ejemplo de la democracia israelí: construyan una democracia expansionista pero de corte musulmán. Y habrá entonces que admitirla y respetarla, aunque la paz de la región termine por dormir el sueño del sepulcro. Dice el poeta libanés Amin Al-Rihani (1876-1940) “Yo soy Oriente. Tengo filosofías. Tengo religiones. Pero… ¿quién me dará a cambio aviones?”.