“La desobediencia como experiencia es mala consejera”
Hace muchos años, a muy tempranas horas del día y como de costumbre, nuestra querida y recordada tía Leonor Vargas, se disponía a buscar leña seca para cocinar y cumplir con los quehaceres de su humilde hogar de antaño.
Con más de ochenta años, Leonor presumía ser una mujer humilde, fuerte, esbelta, de tez enteramente clara, canoza y de cabello blanco, de uñas largas y dispuesta por convicción, como buena interiorana, al trabajo hacendoso.
Para esos tiempos, contaba en mi niñez con apenas 4 o 5 años, sin la ayuda como acontece ahora, del aprendizaje sistemático de la primera infancia. Mis hermanos mayores, Aníbal (q.e.p.d), Olivia y Loyda, eran los que gozaban por su edad, de los estudios primarios en la escuela Simeón Conté, ubicada en nuestra vecindad.
Todo esto sucede en Penonomé en el legendario Barrio del Calvario. Le inquirí a tía Leonor una y otra vez, nuestro deseo de ir con ella asido de sus ágiles y fuertes manos; mas ella con firmeza y determinación, rechazaba de plano nuestra petición quizás, como buena consejera, por el peligro que significaba conducirnos por los rastrojos y malezas donde había que encontrar, la leña adecuada para cocinar el guineo chino el arroz y la habitual masa de maíz, para la preparación de los tradicionales bollos, tortillas y refrescos, usual alimentación de los moradores, de nuestra campiña.
Niño al fin, lloraba al no ser contemplado por nuestra tía Leonor que a todo eso, ya se había alejado de nosotros, por el camino que la conducía al conocido “Pozo de la Palma” lugar aun existente con su agradable frescor, rodeado de abundantes árboles, a tono con nuestro clima tropical.
Pues bien, con la terquedad de niño, nuestra tentación pudo más que la negación de la tía Leonor y con lágrimas en las pupilas de mis ojos, avancé sin control, al encuentro de ella, quien nos llevaba ya, un buen trecho por delante.
En ese instante sucedió de repente que, al llegar sollozando frente al “Papelillo”, árbol muy vistoso que hacía esquina entonces con la antigua huerta, “La Pipera”, propiedad de la familia Conte, se nos aparecen de pronto unos niñitos deslumbrantes, desnudos, de baja estatura, de tez blanca, mirándonos fijamente. Visiblemente asombrado observaba que, enseñándonos con sus manos, nos invitaban a su encuentro provocando en mí, una actitud desde luego temerosa, por lo que repentinamente nos estaba sucediendo.
Olvidándonos de la tía Leonor y sin reparo alguno, visiblemente asustado, nos apresuramos retornar a nuestra casa pero, extraordinariamente rociados de saliva, desde la cabeza hasta los pies por todas partes, llamando claro está, poderosamente la atención, de parte de nuestra familia y vecinos que se acercaban a apreciar de cerca, lo que ocurría en nuestro cuerpo extrañamente.
Así sucedió la aparición muy comentada de los “Duendes”, durante los años de mi niñez o de mi primera infancia. En nuestros tiempos, todavía está latente la existencia de los mismos, persistiendo aun esta creencia.
En estos momentos de grandes confusiones que nos induce inevitablemente a la pérdida de los valores cristianos, nos manifiesta el papa Benedicto XVI en su valiosa introducción del Documento Conclusivo de Aparecida que, “la relación madura por medio de la fe, es luz para el camino de la vida y fuerza para ser testigo de Cristo y, la familia es insustituible para la serenidad personal y para la educación de los hijos”, superando toda mala creencia, supersticiones y los espíritus malignos como los Duendes, porque no están en consonancia con las enseñanzas de nuestro Dios Todopoderoso.
La desobediencia es a todas luces, mala consejera y en este caso, el contradecir los buenos consejos de la tía Leonor, es un ejemplo evidente de la necesidad que tenemos los seres humanos, desde temprana edad, de conducir nuestra existencia conforme los consejos y orientaciones siempre sanas, por parte de nuestros adultos mayores.
Profesor.
