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La división de clases sociales en Panamá


Marisín Villalaz de Arias (opinion@epasa.com) / Médica

Hace muchos años, como empiezan los cuentos para niños, en Panamá existía una sola clase social que era ser panameños y sentíamos orgullo de serlo. Había pobres y ricos; claro que no eran tan pobres ni tan ricos, pero vivíamos en convivencia y respeto de los unos hacia los otros. No recuerdo haber escuchado decir a nadie “porque nosotros los pobres y ellos los ricos”, ni recuerdo que existiera un resentimiento entre los mismos porque ese entendimiento nos permitía obviar amarguras y animosidades para vivir mejor. Desde luego que siempre habría alguien que guardaba esos sentimientos contrarios, pero no era la generalidad. Hoy sentimos el peso de una división de clases sociales y es muy común escuchar en la radio y en diferentes lugares “porque nosotros los pobres y esos ricachones” despectivamente. La historia es hacia atrás y espero que nadie se sienta con lo que diré.

Fueron los militares con la llamada dictadura los que transmitieron sus amarguras y complejos de inferioridad al resto de los panameños. Fueron los militares quienes comenzaron la división de clases buscando el apoyo de los gremios de trabajadores, sobre todo los privados, para el gobierno que habían creado, por primera vez, en Panamá. Cuando ellos vieron que los trabajadores privados apoyaban a los antigolpe militar, les dieron un nuevo Código de Trabajo, despojaron a muchos empresarios de sus haberes de trabajo y se los otorgaron a los trabajadores y les dieron todo el apoyo posible para que acabaran con las empresas existentes en Panamá. Fue así como el general (ni siquiera lo escribo con mayúsculas) dedicó sus esfuerzos en desbordar su disgusto social hacia los demás e inculcarles la diferencia entre pobres y ricos, pero con maledicencia y alevosía, de manera de conseguir el apoyo de los "de abajo" contra los "de arriba". Desde entonces, aquellos que no tienen bienes materiales, por muy ricos que sean en sentimientos y valores morales, odiaron a

los que habían alcanzado algunas riquezas y que ponían al servicio de los tra-

bajadores para que ganaran sus salarios a expensas del dinero de quien arriesgaba en un negocio o empresa.

Donde se encuentren los que se han ido, o los que quedan vivos, no terminarán de arrepentirse del mal que hicieron a este país. Los trabajadores odian a sus jefes; los padres que no pueden enviar a sus hijos a escuelas privadas odian a los que sí pueden hacerlo. Y lo peor es que, esos que fueron pobres, pero con su trabajo honrado han logrado surgir y tienen su riqueza, continúan odiando a los que tienen más. ¿Hasta cuándo seguiremos en esta situación? ¿Podremos algún día superar esa diferencia? Los educadores están en contra de cualquier ministro de Educación que llegue, aunque sea uno de ellos; terminan odiándolo por ocupar una posición que ellos no han logrado. Y así continuamos viviendo en un país que económicamente crece, pero que los sentimientos encontrados y los pensamientos negativos no permiten que esa riqueza llegue hacia abajo. Nadie puede surgir con odios; nadie puede surgir con complejos de inferioridad porque no son capaces de elevarse sobre los mismos para ser alguien mejor.

Creo que debemos estar orgullosos de nuestras raíces, sean cuales sean. Pero lo que necesitamos es superar las etapas y lograr que nuestros corazones y mentes estén por encima de lo negativo. Saber amar es una de las cosas más bellas que existen y es lo contrario de odiar. El amor elimina cualquier espina que se presente en el camino y sobre la base del mismo, nuestras vidas cambiarán radicalmente buscando lo positivo de la existencia.

No podemos vivir mirando a los demás con rencor, con rabia, aun a nuestros vecinos si vemos que ellos tienen algo que no tenemos nosotros, aunque los consideremos iguales. Si buscamos la manera de amar, de sentir esa simpatía por los demás, en vez de odiar, no imaginan lo bien que viviríamos. La tolerancia, la empatía, el deseo de servir a los demás sin pensar a quiénes lo hacemos, son beneficiosos para alcanzar nuestras metas sin llenarnos, internamente, de odios innecesarios que solo nos lleva al fracaso.

Ojalá en las escuelas enseñaran el significado de igualdad que promulgaron los franceses para que las generaciones futuras del país puedan ser felices en toda la extensión de la palabra. Vivamos para amar y servir.

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Viernes 14 de agosto de 2026