La doctrina y el bien del partido
“El panameñismo concibe el partido como un organismo político de constante acción evolutiva, que persigue el mejoramiento integral del pueblo panameño, a través de su fuerza que descansa en la gran masa ciudadana” (Doctrina panameñista).
Lo que es bueno para la nación debe ser siempre bueno para un partido; pero, desafortunadamente, lo que es bueno para un partido no necesariamente será bueno para una nación, cuando ese partido no gravita en torno a una ideología social bien definida. En muchas ocasiones se me ha argumentado que “por el bien del partido” se debe ser permisivo de ciertas conductas cuestionables de algunos copartidarios, especialmente de la dirigencia; ese argumento no sería sostenible, si se cambiara por otra frase similar, pero distinta, como “por el bien del panameñismo”, que sería lo mismo que decir “por el bien del país”. Pero quiero pensar que no he caído por fortuna y al azar en el cargo que hoy ostento y que mi misión primordial es recordar siempre que el Partido Panameñista reconoce las enseñanzas del Dr. Arnulfo Arias Madrid. Tal vez en cualquier otro colectivo distinto se podrá hacer un distanciamiento cosmético de sus principios y de su origen. No en el Panameñismo. Tan profundos son sus principios que se asimilan, en alguna medida, a esas enseñanzas que reconocen en el cuerpo un vehículo temporal de algo más grande y más trascendental que el cuerpo mismo. Y así, el partido viene a ser como esa envoltura física a través de la cual se expresa una ideología superior llamada panameñismo, ligada íntimamente con el compromiso del hombre de servir a una colectividad que encuentra lazos comunes en su propio origen y su nacionalidad. Ser respetados por la sociedad panameña por encarnar el ideario panameñista cuando es genuino, no es lo mismo que esperar remuneración en las urnas por ser solo miembro de un partido. El Partido Panameñista, para cumplir su papel, deberá ser esa hermandad que enseña y no esa academia que impone. No se caiga nunca en el engaño de que la humildad, la pobreza o la falta de educación son indicativos de torpeza o de falta de agilidad mental. Hasta el ciudadano más humilde y menos letrado está dotado de suficiente sapiencia para saber cómo y cuándo se le engaña y condena a la larga ese tipo de complicidad partidista por medio del mecanismo de defensa más próximo a las grandes masas: el ejercicio del sufragio, que puede hacer grande en la misma medida en que también castiga.