La educación panameña en el contexto de 2013
En toda sociedad democrática, cuando los ciudadanos desean lograr mejores ideas u objetivos, es necesario que se proyecten diversos cambios positivos hacia una formación sólida y concentrada en aspectos positivos que engrandezcan la educación, con la finalidad de mejorar los diversos problemas en la juventud panameña. Pero es necesario que se promulgue que estos cambios serán apoyados con iniciativas de los jóvenes panameños, a fin de que se motiven para alcanzar grandes retos que les permitan mejorar los niveles negativos que muchos estudiantes panameños no han podido superar.
Entre ellos se encuentra un mejor plan educativo que contemple no insistir en cosas como la enseñanza de programas de matemáticas que se presentan todos los años -a pesar de tener libros actualizados-, pero tampoco podemos obviar deficiencias como la repetición en las materia de español, ciencias naturales y otras.
Lo cierto es que no se refuerza en materias como historia y ciencias sociales, que a los jóvenes panameños no les agradan porque tienen que leer. Esto disminuye el deseo de lectura entre la población joven de Panamá.
Es lamentable ver que no existe una verdadera exigencia por parte de los educadores hacia los estudiantes, ya que -si bien es cierto- la dirigencia magisterial solo piensa en mantener una actitud permanente de paros, huelgas, también demuestra que quiere mantener una orientación hacia una sociedad maquiavelista, en la que impere la frase “el fin justifica los medios”.
Entonces no hay pautas y normas que conlleven el acercamiento entre personas civilizadas que solamente buscan plantear normas que vayan más allá de un cambio positivo en materia de educación.
Muchos de nuestros estudiantes salen mal preparados para ejercer cualquier profesión que requiere actualmente nuestra sociedad. Pero ¿qué podemos hablar de nuestros jóvenes cuando emigran hacia el norte buscando obtener una mejor preparación y un buen mercado laboral? Muchos de los estudiantes panameños en el extranjero son mejor preparados por el nivel de enseñanza que rige en las escuelas y univer sidades, lo que los estimula a mantener una ardua preparación para que en el futuro puedan competir eficientemente por un mejor empleo.
Los niños y jóvenes no tienen la culpa de los programas que se han heredado de una reforma educativa que solamente se basaba en idealismos y en la que se les hablaba de acciones ficticias y nunca se llegó a la realidad.
Seamos conscientes, Panamá mantuvo una excelencia educativa desde los orígenes de la nación; cuando nos separamos de la Gran Colombia, en el año de 1903, existía un sistema deficiente y caótico que no brindaba buenos criterios en materia educativa. Pero si nos detenemos a cuestionar quién es el malo, quizás pongamos por delante al estudiante, pero nunca se pone al docente, ya que a muchos solamente les importan sus intereses particulares.
No podemos olvidar que la República de Panamá atraviesa una situación muy deficiente en materia educativa desde hace más de dos décadas. En septiembre de 1979, los gremios educativos del país lograron derrocar la nefasta reforma que ponía en peligro la educación a nivel de todos los ámbitos sociales.
Sin embargo, los estragos heredados por la dictadura militar y una serie de eventos caóticos después de la invasión proyectaron una secuela negativa cuyo resultado ha sido la cantidad de fracasos en los últimos años, sin que se encuentre la fórmula para minimizar la enorme cantidad de reprobados.
En este nuevo periodo escolar -que se inició esta semana- es necesario visualizar las pautas con programas de mejoramientos que contemplen un acercamiento con el estudiante y el padre de familia. Ambos deben mantener un diálogo adecuado en beneficio de todos los jóvenes, tanto de escuela primaria como de secundaria, quienes son los que sufren las consecuencias de actitudes negativas por parte de la dirigencia y las bases magisteriales del país.
Es necesario que pensemos un poco más en la educación que se imparte en la nación panameña y que se proyecte un cambio absoluto en el marco curricular, con el que se beneficie no solamente al docente sino también al estudiante, para que tenga una programación acorde con los cambios que la sociedad genera apoyada por una tecnología similar a la existente en los países desarrollados.