La educación se realiza en el diálogo
El diálogo es el encuentro entre personas en el cual ninguna está privada de su palabra, ninguna es manipulada, ninguna es objeto de otra. En el diálogo se da una verdadera relación de sujetos mediatizados por el mundo concreto en el cual ambos se educan. Se suprime así el antagonismo. A través del diálogo, la educación adquiere su genuino carácter humanista y se transforma en “práctica de la libertad”, ya que en ella el hombre consecuente consigo mismo, opta movido e inducido personalmente.
El hombre es libre; es señor de sus actos, de su vida y de sí mismo. Pero la libertad no es para él un simple suceso sino una conquista: nace llamado a ser su dueño, con el imperativo vital de hacerse y tiene que adivinarse, aguzar su oído a la llamada y, luego, al filo de su libertad, entre tanteos pretender ser fiel. Esta libertad implica en el hombre una vocación a ser dueño de sus actos: vocación de sujeto que exige respeto a su autodeterminación y no admite ser tratado como cosa (como objeto).
La persona desarrolla su libertad en el mundo y con los demás. Es un nudo de relaciones: hombre-mundo, hombre-hombre, hombre Dios. Esta relación humana se actuará, por tanto, siempre en el diálogo. La educación no podrá ser --por lo mismo-- ni dominación ni soledad; debe ser necesariamente dialógica.
Muchas veces nuestra educación no cumple esta norma humanista y se convierte en lo que el brasileño Paulo Freire llama una “educación bancaria”.
El acto de educar se reduce a un mero “depositar” contenidos del educador en el educando; actividad en la que el educador conduce al educando, mientras que éste comparece en el proceso educativo como un mero espectador, cuya acción se limita a seguir pasivamente las prescripciones del maestro.
Es así como la educación humanista se resiste a ser una mera donación o transmisión, como tampoco admite ninguna forma de imposición, de dominación, de conquista o de propaganda. Al contrario se realiza en el diálogo.
En este contexto el educador nunca impondrá su deber, sino que propondrá lo que él estime como mejor a sus alumnos en una forma crítica. Es decir, de tal modo que los alumnos se sientan desafiados a criticar lo que se les ofrece para superarlo.
Es en este sentido que la educación no admite la transmisión (en sentido estricto). Una verdadera educación siempre será creación cultural de la cual ambos, educador-educando y educando-educador, salen enriquecidos al enriquecer al mundo.
Pedagogo, escritor, diplomático.
