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La educación, su función y su nueva filosofía


Paulino Romero C.* (opinion@epasa.com) / PANAMA AMERICA

No existe otro problema humano que revista mayor trascendencia y significación, ni que haya tenido más variadas interpretaciones, que este de la educación y su función. Cada época, cada sociedad y hasta cada individuo han tenido sus propios criterios, especialmente en momentos como el presente, de crisis, de creencias y de filosofías. Si preguntamos: ¿cuál es la función esencial de la educación?, provocaríamos una gran controversia.

Las respuestas podrían concretarse de la manera siguiente: 1) la función de la educación consiste en desenvolver las facultades de la mente de los educandos y desarrollar su personalidad; 2) su función es preparar al educando para cumplir sus deberes en la vida; 3) su objetivo es humanizar al hombre; 4) su propósito es dirigir el desarrollo de los miembros inmaduros de la sociedad para que puedan vivir individualmente vidas satisfactorias y socialmente eficientes; 5) la función de las escuelas elementales y medias es formar ciudadanos que se puedan sostener económicamente a sí mismos, y que sean políticamente responsables.

¿Cuál es la razón que existan tan disímiles conceptos sobre la solución de un mismo problema? La razón está en la posición filosófica que adoptemos con vistas al eje del proceso educativo: el hombre.

Para contestar la pregunta anterior, ¿cuál es la función de la educación? es necesario contestar previamente estas otras: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es su puesto en el cosmos? ¿Es solo el hombre un ser natural, biológicamente considerado, o es también un ser esencial, no solo dentro de la naturaleza material, sino dentro del espíritu? Es la filosofía antropológica a quien corresponde resolver el viejo problema de la esencia del hombre, de su puesto en el cosmos y de su destino. La Biología, la Psicología, la Moral, la Sociología y la Historia son todas disciplinas que giran en torno a este centro de rotación.

Tradicionalmente, la educación giraba en torno a los intereses de la cultura exclusivamente. Su contenido era solo lo que importaba. Transmitirla a las nuevas generaciones como una valiosa herencia era la aspiración de la educación y en tal sentido se fijaban los objetivos. El esencialismo imperaba como filosofía educativa. Posteriormente, tuvo lugar un nuevo enfoque filosófico del problema y el centro de educación, el eje del proceso educativo, se trasladó al niño. Las experiencias, intereses, valores, potencialidades y limitaciones del niño, como base para dirigir y encauzar su educación hacia objetivos que le proporcionen satisfacción, bienestar, superación y eficiencia. Observancias obligadas en una educación de alta calidad son el más absoluto respeto al germen de su personalidad, y a su integridad como individuo y como miembro de una sociedad democrática.

La educación tiene que fundamentarse de acuerdo con este nuevo enfoque en un profundo análisis de la sociedad y la cultura. Análisis de sus orígenes integrales, de sus obligaciones morales, de sus necesidades, de sus valores deseables y convenientes, así como de sus aspiraciones y posibilidades. Es decir, una filosofía de la cultura y de la sociedad.

Hegel y san Agustín no consideraban el progreso en el orden físico, sino en el espiritual. El cambio en la naturaleza era solo considerado como un proceso y no como un progreso. Para Platón y Aristóteles, el cambio no tenía lugar en asuntos importantes. Consideraban a la sociedad estática. Los principios fundamentales se tenían por inalterables y eternos; todo cambio era considerado como un síntoma de decadencia. El porvenir se concebía como un acontecer fatalista, que ha sido llamado destino, predestinación, determinismo, sino o estrella.

Williams James fue uno de los primeros en concebir claramente una idea del universo opuesta al determinismo y declarar que tal postura sostenida hasta entonces nulificaba el progreso y el esfuerzo. A partir de James se ha aceptado la idea de un “universo abierto” y una sociedad dinámica. Los descubrimientos y las invenciones sorprendentes constituyen la característica de nuestros días. La sociedad se distingue por su cambio, no por su estabilidad, y la educación, necesariamente, tiene que adaptarse a las necesidades de una sociedad cambiante y en marcha constante hacia el progreso.

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Viernes 14 de agosto de 2026