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La estética del buen gobierno

Por: Redacción 12/01/2016

Cada día son más los seres humanos explotados y, posteriormente, tratados como especie de desecho. ¿Para qué queremos tantas leyes si después no las hacemos valer?

Hay una sociedad humana a la que no se le permite avanzar, son los marginales, aquellos que nadie quiere ni encontrárselos en la esquina. Nos sobran. Deberíamos tener la sensatez de rectificar y corregir los muchos errores sembrados, pues al fin no solo hay que ser eficientes, también hay que ser honestos, en parte para estar en paz con nosotros mismos.

Por desgracia, el ser humano se ha perdido el respeto a sí mismo, acrecentando todos los vicios. Esta es la dura realidad, propiciada por gobernantes a los que les mueve únicamente el dinero en vez de las personas. Es otra irresponsabilidad acentuada por los diversos gobiernos del planeta, a los que además de faltarles humildad para poder rectificar, llegan a sentirse dueños y no servidores de la ciudadanía, a la que suelen engañar con verbos fáciles y doctrinas que enganchan.

Así que cada ciudadano, mujer u hombre, que asume responsabilidades de Gobierno ha de plantearse, a mi juicio, tres interrogantes: yo que formo parte de esta ciudadanía, ¿en realidad me amo y les amo? Y si los amo, ¿los amo a todos sin descartes para servirles tanto colectivamente como individualmente? Y, además, ¿he optado por la modestia como abecedario de escucha responsable? Si esto no se lo pregunta el político de turno, mejor dejaría de serlo, pues, la política no se entiende de otro modo, nada más que como servicio al bien colectivo, quizás la forma más alta de humanizarse.

Por consiguiente, la mejor estética de buen gobierno siempre estará ligada a la madurez, a la seriedad, a la opción responsable del interés general. El hecho de reivindicar la responsabilidad como estética de buen gobierno, nos pone en el camino de una cultura del encuentro y de la relación de convivencia, lo que nos daría una mayor alegría de vivir.

En consecuencia, el futuro exige hoy la tarea de activar el parlamento democrático, con una mayor vinculación moral, que acrecentaría la responsabilidad social y profundamente solidaria. Un país crece cuando sus diversas opciones políticas, culturales, científicas, religiosas, dialogan de manera constructiva. Sería necio imaginar un porvenir democrático ensimismado en su propio partidismo, sin otra altura de miras, que servirse de sus votantes. Por tanto, diálogo respetuoso, más diálogo considerado, y crecidamente dialogo con los que hasta ahora no han tenido voz. Los gritos de los que piden justicia hay que escucharlos para poder llegar, cuando menos: al consuelo, antes de ahorcarnos con la estupidez del ordeno y mando.

Escritor

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