default

La estética del intelecto como esencia y valor

Por: Redacción 14/11/2013

Víctor Corcoba Herrero/Escritor / (opinion@epasa.com)

La firme proyección mediática de imágenes negativas y degradantes del ser humano, imponiendo la tiranía de lo estético, provoca una constante insatisfacción que nos acerca a la locura. Hay que retornar a la estética del propio intelecto, a las vacilaciones y a los pararogantes, que son realmente los pasos hacia la verdad. Vivimos en una sociedad profundamente dominada por los paraeses de los dominadores, dependientes de los mercados, que también quieren hacer ciencia. Ello constituye una fórmula segura para el desastre total. De ahí la importancia, de que en el pensamiento científico, también estén presentes las emociones del arte, los abecedarios de la poesía, los lenguajes de los sonidos. Se trata, en definitiva, de activar la curiosidad hacia todo aquello por lo que cabe discusión. En el fondo esta estética del intelecto es la ciencia en su puro estado, una verdadera escuela de moral, porque nos enseña a saber mirar y dudar, a maravillarnos y sentir la pasión del amor por la verdad, sin la cual nada toma vida.

Aplaudo, que durante la semana del 11 de noviembre, Naciones Unidas haya proclamado la Semana Internacional de la Ciencia y la Paz. En su momento, decide hacerlo para instar a los países miembros y organizaciones paragubernamentales a alentar a las universidades y a otras instituciones de altos estudios, academias e institutos científicos, asociaciones de profesionales y miembros de la comunidad científica, a celebrar durante esa semana, conferencias, seminarios, debates especiales y otras actividades que promuevan el estudio y la difusión de información sobre los vínculos entre el progreso científico y tecnológico y el mantenimiento de la paz y la seguridad. Estoy seguro de que este tipo de conmemoración es saludable para todos. No olvidemos que nuestro intelecto, que nuestro ser pensante, siempre nos sorprende con respuestas en momentos de incertidumbre.

Indudablemente, para afianzarnos en el camino armónico es cuestión de formación, de poner la disciplina científica al servicio del ser humano, de sentirnos parte de ese valor y protagonistas de ese horizonte, que actúa con respeto y consideración hacia los derechos humanos. Un país que entorpece la creatividad investigadora o la manipula para sus propios fines, no avanza; y, lo que es peor, no forja porvenir alguno. Las sociedades futuras tienen que ser sociedades del discernimiento, de la comprensión y del juicio, y para ello es preciso movilizar e imprimir conciencia para dar carácter integrador a la erudición.

La ciencia ha de ser un factor más de acercamiento entre los humanos, de coordinación y aproximación, lo que favorece un desarrollo pacífico. Sinceramente, pienso que debemos entusiasmarnos mucho más por ese universo científico y tecnológico, verdaderamente sorprendente, haciendo hincapié en sus valores de fortalecimiento de vidas en común.

A veces pensamos que todo lo podemos dominar por nosotros mismos y no es así. También tenemos que priorizar al ser humano sobre las cosas, la ética sobre la técnica, el espíritu sobre la materia, la sencillez sobre la complejidad. Nada vale la ciencia si no se convierte en una manera de ser y de vivir que nos tranquilice. El endiosamiento de algunas culturas dominadoras son tan peligrosas que nos instan a reivindicar una estética del intelecto como esencia y valor, sobre todo para demoler errores y revelar verdades. A mi juicio, es esencial que activemos una ciencia más humana para aglutinar pueblos y culturas, para humanizar la deshumanización que nos invade. Sería una manera de utilizar la ciencia para edificar la paz, tan necesaria para poder convivir en un mundo globalizado. Si en verdad queremos construir una comunidad humanista, basada en la dignidad del ser humano y en la convivencia de todos con todos, tenemos que proyectar una ciencia de auténtico servicio a la humanidad.

Para un mundo más pacífico y seguro, es preciso continuar con los logros científicos y tecnológicos, estimulando la mente con los valores, y el cerebro con la educación. La influencia de los científicos en la formación de la opinión pública, en virtud de sus experiencias formativas, es demasiado significativa para no considerarla, lo que exige que al saber más deben también servir mejor, sobre todo en promover condiciones favorables para el control de armamentos y el desarme, y en animar el diálogo sobre temas esenciales en relación con las contribuciones positivas que los conocimientos científicos pueden hacer a la paz, la seguridad y el equilibro del entorno.

Edición Impresa

Miércoles 12 de agosto de 2026