La ética de los indignados
La alta capacidad de convocatoria que tienen las redes sociales inclinó la balanza a favor del ciudadano frente al poder político y económico. La novedad radica en lograr que centenares de indignados ocupen las calles de forma simultánea en decenas de países.
Sin embargo, si esas protestas no se sustentan en la defensa de un pensamiento integrador y sistémico que transforme a la sociedad en su conjunto, se corre el riesgo de que su eco se difumine con la misma rapidez con la que se formó.
La rebelión contra las imperfecciones del capitalismo, la clara disconformidad ante la injusticia social y el profundo malestar ante la clase política pueden quedar atrapadas en el voluntarismo si no se aprovecha el lazo más fuerte que mantiene unida a una sociedad: el sentido de la ética.
La corrupción carcome la estructura de las instituciones públicas y privadas. Asistimos a un espectáculo en el que las personas encargadas de manejar la economía global incurren en prácticas reñidas con la ética. El funcionario corrupto es egoísta por naturaleza, piensa en sí mismo y coloca sus intereses personales por encima de los demás.
Las movilizaciones también están cargadas con una cierta dosis de individualismo, que no podrá ser corrupto pero impide la existencia de un liderazgo que encamine el objetivo de sus reivindicaciones. Los indignados además apelan a una narrativa global usada por los políticos en sus promesas: las emociones.
Si ese entusiasmo pasajero por vivir la euforia colectiva no se traduce en un pensamiento sólido, y el individualismo no da paso a una direccionalidad conjunta, habremos fabricado una máscara artificial con mucho efecto mediático, pero con pocas garantías para el futuro venidero. Debe existir un mutuo acuerdo para que el ejercicio ético sea el punto de partida en la lucha por transformar una sociedad. Las protestas que podamos plasmar desde diferentes ciudades no deben ser una careta emocional efímera e insoluble.
Debemos indignarnos contra nosotros mismos por permitir que un sistema que despersonifica al hombre se apropie ilícitamente del futuro. Como sociedad estamos pagando un alto costo ético por nuestro silencio. Con excepción de Chile, me sorprende que en las principales ciudades de América Latina no se enarbolen las banderas de la indignación ciudadana contra la corrupción..
Existe un malestar ciudadano atendible, pero debemos escapar del efecto anestésico al que se vio sometida nuestra sociedad y empezar a luchar por causas que trascienden el orden estrictamente material.
