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La falsa ética de las cumbres

Por: Redacción 10/04/2015

Falsa idea es el entender que “las cumbres” resuelven problemas concretos que traducen, a su vez, realidades concretas. Sin embargo, no es erróneo comprender que estos cónclaves sí permiten el debate de las ideas positivas y emprendedoras que persiguen, de modo anonadado, la solución de estos problemas concretos.

En una ocasión, el fallecido profesor Gerardo Gutiérrez, quien enseñó durante muchos años Filosofía del Derecho en la Facultad de Derecho de la Universidad de Panamá, al preguntarle yo cuál era la razón por la cual no había escrito un libro, me respondió de la siguiente manera: “Mira, Silvio, ¿tú crees que haya algo nuevo que pueda yo escribir en la Filosofía del Derecho? Y a pausa seguida contestó él mismo: “Todo ya se ha escrito. Y yo no quiero quedar aprisionado escribiendo un libro citando pensamientos que no son de mi autoría, sino de los grandes pensadores que, desde la antigüedad, se ocuparon del cosmos, de Dios, del hombre y de la naturaleza”.

El veterano profesor Gutiérrez, con quien compartí no pocos diálogos de Filosofía del Derecho, me hizo recordar lo que decía el sabio Salomón: “No hay nada nuevo debajo del sol. ¿Qué es lo que es, sino lo que ya ha sido? y ¿qué es lo que será sino lo que ya fue?” (Eclesiastés 1:9). Y es cierto. Nada nuevo hay debajo del sol.

Sobre democracia, ¿qué no se ha dicho y qué no se ha escrito? Sobre participación ciudadana en la toma de las decisiones gubernamentales, ¿algo ha quedado por fuera? Sobre lo concerniente a la necesidad de luchar contra la pobreza que golpea a nuestra América India, ¿faltará algo por decir? O es que, ¿acaso, aún no hemos terminado de escribir el libro sobre la lucha contra la corrupción que cabalga rampante sobre nuestros pobres países?

En mi biblioteca, en donde suelo ubicar libros leídos y que he adquirido sobre ciencia política, derecho constitucional, derecho penal, filosofía del derecho, sociología jurídica, historia de las ideas políticas, etc., tanto del pasado como del presente, todos ellos me atestiguan y confieso que soy del pensar que coincidió con el profesor Gutiérrez: ya casi todo se ha dicho y casi todo se ha escrito. Los nuevos textos están plagados de citas de libros de la antigüedad, del Medioevo, de la modernidad y de la actualidad o contemporaneidad.

Aunque debo confesar que, muy de vez en cuando, por ahí brotan algunos conceptos o ideas que nos impactan. Por ejemplo, cuando salió el concepto de la “cultura relativa”, y más recientemente el de “costo oportunidad”, quedamos impresionados como diciendo: “Y eso qué será? Todo para terminar de darnos cuenta, cuando conocemos qué significan, que tan solo ha cambiado lo que se define, pues la definición ya estaba hace mucho tiempo en el tapete. Los juristas llamaríamos al lucro cesante “costo oportunidad” y los filósofos del derecho relacionarían la cultura relativa al relativismo cultural y dentro de las categorías de la “subcultura” lo harían los sociólogos.

Pero, en definitiva, las cumbres son positivas en la medida en que superan sus propias falencias. Esas falencias radican en los fracasos del pasado. El mundo no puede vivir dando vuelta sobre sus propios fracasos. El mundo europeo continental empezó a entender el fracaso, de su racionalidad jurídica y de su filosofía, con el devenir de la Primera Guerra Mundial. La Segunda Guerra Mundial hizo entender, finalmente, que había que cambiar los paradigmas. Que los paradigmas que demuestran que las cosas marchaban aparentemente bien estaban equivocados.

América India, en estos días de la séptima cumbre, tiene que plantearse esta hipótesis de trabajo: ¿Cuáles han sido los paradigmas de nuestros países que han fracasado o qué ha sido probado que están equivocados? Sobre esa base dialéctica, entonces comenzar a elaborar postulados de reivindicación de la América de José Vasconcelos: “Por mi raza hablará el espíritu”.

Por favor, no hablemos más de la mala distribución de las riquezas: Distribuyamos equitativamente. ¡Basta! No hablemos más de la justicia corrupta. Hagamos justicia con hombres buenos y nobles, sanos y entregados a la idea de lo justo. Basta al discurso de la corrupción. Demos lecciones de “no volverlo a hacer”.

De la salud, ¿por qué no se tocan los hospitales y las clínicas privadas y se les impone, vía ley, la obligación de atender, de modo gratuito, un porcentaje mínimo -sugiero un 20% de pacientes provenientes de sectores pobres- de la totalidad promedio de pacientes que atienden al año? ¿Por qué no se hace igual con las escuelas privadas?

En todo esto, creo que tan solo hace falta algo muy sencillo y elemental: Voluntad y capacidad de identificarse con las necesidades de nuestra pobre gente pobre y acto seguido compartir.

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Viernes 31 de julio de 2026

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