La filosofía es una escuela de libertad
Si la filosofía no le diera al hombre más que el sentido de libertad respecto a todas las cosas terrestres, del culto desinteresado de la verdad, de la búsqueda no dirigida hacia fines prácticos y contingentes, esto, de suyo, ya ubicaría su grandísimo y nobilísimo magisterio educativo. Por esto, la enseñanza de la filosofía es, por sí misma, una escuela; o quizás sea la escuela. Da (como no puede darlo ninguna otra disciplina si se exceptúa la religión cristiana) el sentido de la superioridad del espíritu sobre el cuerpo, de los valores espirituales sobre los de cualquier otra especie; el sentido de la dignidad y de la nobleza del hombre; el señorío del espíritu, que hace despreciable toda forma de apego a los bienes contingentes, ya sean reinos e imperios, dominios y maneras o miserables caudales ganados sea como fuere.
La filosofía es moralidad esencial; es búsqueda honesta, recta y sincera, humilde y desinteresada de la verdad; es dedicación y renuncia, por lo que es elevación y sublimación, purificación y ascética, liberación. Por consiguiente, es formadora de hombres. En efecto, es formadora de espíritus; es catarsis; es en verdad, continua batalla contra el hombre empírico y esfuerzo de victoria sobre él, sobre nuestra caducidad y sobre nuestras miserias. Esencialmente moral, es esencialmente educativa. “Inútil” como arte práctico, es la gran maestra que nos libera del peso de muchas cosas inútiles para restituir nuestro propio espíritu.
En verdad, la filosofía y la religión cristiana son las únicas escuelas de sacrificio heroico, las dos grandes maestras de la vida espiritual. Bellas en su sacrificio ignorado y desconocido, se embellecen en el martirio auténtico, ¡siendo víctimas de la verdad! Por esto hacen bella y buena el alma y son la escuela de la que los hombres siempre tienen tantísima necesidad. Escuela insomne, perenne, que jamás cierran los batientes, que no conoce el descanso, y de la que, por mucho que se haya aprendido, siempre se sabe poquísimo, una nonada.
No es nada fácil despojarse del propio “particular” ¡y vivir del amor desinteresado por la verdad! ¡Se dice muy pronto sondear el infinito! Se resuelve un problema y se aprende una verdad; después otra y aun otra después… y así sucesivamente. Siempre poco, poquísimo, una nadería. El “inútil” filósofo jamás está ocioso: lleva dentro de sí los instrumentos del propio oficio, el pensamiento, la fragua a la que difícilmente se le puede hacer callar; el arsenal cuya jornada infinita siempre tiene dispuesto un nuevo trabajo. ¿Por qué? Ante todo, porque siempre tiene la cabeza sobre los hombros (¡ah si los hombres tuvieran siempre la cabeza en su sitio y no la enviaran, como sucede con frecuencia, a solazarse por su cuenta!); y además porque su cabeza “piensa”. Y pensar es buscar, ahondar, sondear: es asilo de dudas y tormento por la solución: esta es la grandeza y la dignidad del hombre. Por esto es dinamismo del pensamiento, vida del espíritu.
¡Gran maestra es la filosofía y profundamente educativa su esencia! No hay que temer que en su escuela el cerebro se aherrumbre y se haga un “inútil” hierro viejo. ¿Conoces una disciplina más “útil” que aquella con la cual y sin la cual se sigue siendo tal y cual? No hay aspecto de actividad espiritual que no sea objeto de búsqueda filosófica.
*Pedagogo, escritor, diplomático.