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La fuerza de la flexibilidad


En la vida y mucho, pero muchísimo menos en política, firmeza y rigidez no se deben confundir. La firmeza promete el sostenimiento de principios y valores; garantiza programas y acciones consecuentes; establece patrones de conducta y pensamiento. La rigidez, por el contrario, conduce a la obstinación ante las circunstancias cambiantes; convierte en blanco fácil a la organización frente a la presión del entorno y, tarde o temprano, esta presión provoca el resquebrajamiento de la estructura, cuando no su caída.

En política, el déficit de formación ideológica y programática dificulta el uso de métodos científicos de análisis de la realidad social, y contribuye a la rigidez mencionada. Aflora el necio, el que cree que sólo los débiles dan marcha atrás, aquel que piensa que rigidez y firmeza es lo mismo. Es en estas circunstancias cuando la visión se acorta y para el dirigente resulta más fácil cambiar la estrategia que la táctica. Empieza a actuar bajo dogmas y no regido por principios que permitan y hasta propicien flexibilidad en las tácticas.

La Historia está plagada de ejemplos en torno a esto de la flexibilidad sin perder la firmeza. Dicha plasticidad ayuda a la estructura a soportar mayor presión, sin quebrarse. No hablamos aquí de excesiva elasticidad, esa que a la larga, cuando se estira y se estira, se convierte en algo parecido a la rigidez, pues nada ocurre. No, de lo que se habla es de la avenencia, de la capacidad de transigir sin abandonar los principios, de aprender a arquear la estructura para permitir que el agua fluya y se convierta en recurso y deje de ser una amenaza.

Quienes hoy gobiernan Panamá debieran pensar un poco en estos asuntos, manosear estos conceptos. Se requiere para ello refinar los instrumentos de análisis de la realidad social, y dejar de pensar que el país es un hecho terminado, inmutable, rígido como sus dogmas.