La gran cumbre
Me gustaría que se avivara la gran cumbre de las verdades entre tantas reuniones de hipocresía. Únicamente desde una realidad exacta podemos hablar de reconciliación. Indudablemente, para conciliar relaciones, tiene que darse un clima de armonía, un diálogo verdadero para confrontar posiciones, un respeto por toda vida y, sobre todo, la disposición permanente de la mano tendida para evitar las divisiones. Necesitamos más que persuadir, hermanarnos, sentirnos parte los unos de los otros y para ello, lo primordial es despojarnos de intereses mezquinos. Dejemos las apariencias a un lado y, aunque solo sea por una vez, propiciemos encuentros que no eclipsen a ningún ser humano.
A diario tenemos cumbres, realmente no cesan las reuniones al más alto nivel; sin embargo, pienso que nos falta dar respuestas de amor a tanto desconsuelo. Es una obligación moral que hemos perdido. O nos la hemos quitado de encima.
Por consiguiente, es la hora de la acción, no de la observación, tampoco de la espera, frente a una aguda crisis humanitaria que se ha globalizado. Sin duda, nuestra gran foto para la historia humana sería esa cumbre por el encuentro con la verdad, en el que nadie quedase excluido, y solo así pudiese resplandecer la humanidad, percibiendo de este modo su significado de fraternización y acogida.
Nos hace falta, puesto que según un reciente informe sobre el desarrollo humano, esta mal entendida globalización únicamente ha beneficiado a una quinta parte de la población mundial, excluyendo la parte restante.
En consecuencia, en esa gran cumbre de verdades han de estar otros pensamientos, otras conciencias más solidarias, otro espíritu de menos mercado y más corazón, otras finanzas al servicio de la persona humana y de su bien colectivo.
Precisamente, en la literatura española, hay una comedia de Lope de Vega que narra cómo los habitantes de la ciudad de Fuente Ovejuna matan al gobernador porque es un tirano, y lo hacen de tal manera que no se sepa quién ha realizado la ejecución. Y cuando el juez del rey pregunta: “¿Quién ha matado al gobernador?”, todos responden: “Fuente Ovejuna, señor”. Todos y ninguno. Ciertamente, hoy nadie se siente responsable de nadie. Se ha impuesto la cultura de Pilato, la de lavarse las manos. Pues no, hay una responsabilidad que debe fraternizarnos, de la que todos somos copartícipes en mayor o en menor medida, ante esta siembra de incongruencias y mentiras, que ha de movilizarnos. Por tanto, con coraje, hemos de desterrar estos dramas nacidos del embuste, y ver que si alguien llora, tiene que ser auxiliado. La verdad al poder y el amor como divisa. Solo eso.