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La gran tarea: democratizar al país

Por: Redacción 09/04/2014

La democracia, a diferencia de lo que piensan los políticos tradicionales, no es algo superficial ni frívolo. No en vano ese gigante social que fue Nelson Mandela afirmó que “si no hay comida cuando se tiene hambre, si no hay medicamentos cuando se está enfermo, si hay ignorancia y si no se respetan los derechos elementales de las personas, la democracia es una cáscara vacía, aunque los ciudadanos voten y tengan parlamento”.

En Panamá, entonces, la democracia es una sociedad por construir, un ideal negado por la partidocracia que ha venido gobernando el país durante los últimos veinticinco años. Así lo atestiguan, por ejemplo, los 516,000 panameños y panameñas que se encuentran en una situación de inseguridad alimentaria, el 33.0% de los jóvenes en edad de participar en la educación premedia y media que se encuentran excluidos del sistema, los 205,000 panameños que carecen de seguridad social, así como los trabajadores asalariados que por la peor distribución del ingreso observada desde el año 2000 pierden anualmente cerca de $2,600 millones anuales.

Sí, como señaló, Abraham Lincoln, la democracia se define como el “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, Panamá está lejos de caracterizarse como una real democracia. En efecto, lo que ha distinguido a los gobiernos de la partidocracia ha sido la imposición de un esquema social excluyente, el cual se apoya, además, en un modelo guiado a la utilización de los poderes del Estado para activar un profundo proceso de desposesión, despojo, depredación y pillaje en contra de la población, con el único fin de asegurar el enriquecimiento de quienes gobiernan y les financian sus campañas.

Proceso este de rapiña que se expresa de muchas maneras, entre las que se pueden contar, nuevamente, a manera de ejemplo, las siguientes: los intentos de despojo de las tierras públicas de la Zona Libre de Colón; la persecución a sangre y fuego de los pueblos originarios con el fin de desposeerlos de sus tierras y recursos naturales; la privatización de las empresas públicas; el endeudamiento público y la corrupción gubernamental; la inflación provocada por la especulación, y los intentos de las reevaluaciones de las viviendas con el fin de despojar a los sectores medios de sus moradas.

Si con Gandhi entendemos la democracia “como algo que le da al débil la misma oportunidad que al poderoso”, nuestra sociedad, con su sistema electoral diseñado y dominado por los grandes partidos que responden al interés de los sectores económicamente dominantes, dista mucho de ese calificativo. En efecto, se trata de un sistema guiado por reglas diseñadas para excluir a quienes carecen de poder económico, que malgasta los fondos públicos apoyando a la partidocracia, el cual es, además, administrado por magistrados que provienen de esos partidos y que vuelven a ellos una vez concluidos sus periodos administrativos.

Frente a esta realidad, la búsqueda del bien común, esto es de una sociedad con pleno respeto a la dignidad humana, tiene que dirigirse a la construcción de un país en que cada uno de los hombres y mujeres que lo conforman puedan desarrollar, en la armonía de la convivencia social y el respeto a la naturaleza, todas sus potencialidades y capacidades creativas como seres humanos. Es en este sentido que entendemos que la realización última de la democracia es la construcción de la sociedad solidaria de los hombres y las mujeres libres.

La tarea, entonces, no es ni la de mantener el , como intentan los actuales gobernantes, ni la de defender la falsa democracia de los últimos veinticinco años, que pretenden los “nuevos republicanos” del llamado voto útil, con todas sus promesas de última hora. La tarea, la verdadera e impostergable tarea, la que busca la justicia social, la consolidación de la nación panameña y la plena armonía con la naturaleza, es poner en marcha un proceso profundo de democratización del país.

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Este proceso, que tendrá que corregir las taras de la exclusión social, revertir los procesos de desposesión y corrupción y entregarle el protagonismo a la población, solo puede avanzar si con la participación consciente y activa de todos los ciudadanos y ciudadanas, logramos derrotar políticamente a los partidos representativos de los sectores dominantes del país. La tarea de la democratización pasa entonces por la conformación de un Movimiento Independiente de Refundación Nacional. Este deberá desembocar en una asamblea constituyente originaria, en la que se demuestre que la soberanía popular es la autoridad más legítima de una república.

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Viernes 7 de agosto de 2026