La guerra y la paz
Quienes pudieron llegar a pensar que los guerrilleros colombianos habían cambiado sus tácticas de violencia quedaron pasmados al leer el comunicado en el que acusan al presidente Juan Manuel Santos de sabotear el diálogo de paz por haberse reunido con el político venezolano Henrique Capriles. En el colmo del descaro político, las Farc pretenden dirigir la política exterior de Colombia y decirle a Santos con quién debe reunirse y con quién no. Si el mandatario colombiano aceptara entrevistarse con algún dirigente de Al Qaeda, Hezbollah o de los talibanes de Afganistán, la subversiva organización habría batido palmas.
Aseguran los subversivos que Santos sabía que su provocación contra el gobierno de Maduro estallaría como un petardo en la mesa de diálogo, porque el tema de Venezuela es muy sensible para ellos. Ciertamente, en materia de petardos, las Farc tienen una apreciable experiencia. Pero no en asuntos de diálogos, ya que pasa por alto que lo último que debería hacer un interlocutor es atacar a la otra parte, con lenguaje belicoso. Analistas de Bogotá consideran que la guerrilla muerde la mano generosa de Santos al criticarlo de saboteador de un diálogo que está defendiendo contra viento y marea.
Santos ha iniciado gira por países europeos y por el Medio Oriente para contribuir a la exploración de nuevos acuerdos de entendimientos con Inglaterra y para colaborar en la convivencia pacífica de Israel y Palestina. El programa de la gira incluye reuniones con las autoridades de Palestina e Israel.
No escasean los colombianos que postulan que el acuerdo de paz debió empezar por la rendición de las Farc, la entrega del armamento y la reincorporación de sus miembros al sistema constitucional, sin mengua de llevar a los tribunales de justicia a los responsables de atentados, asesinatos, secuestros, etc., como hicieron en el pasado otros grupos guerrilleros. Sin embargo, toleraron la exigencia de la guerrilla de llevar a la mesa de negociación asuntos de orden social.
Admitieron que se discutiera el régimen de propiedad rural, y otros puntos de naturaleza social que constitucionalmente compete al Congreso. Cuando los jerarcas guerrilleros entreguen las armas y organicen agrupaciones políticas dentro del ordenamiento jurídico podrían llevar sus iniciativas, debatirlas y promover su aprobación por consenso. Pero el comunicado de las Farc demuestra que lo que pretenden es que el gobierno elegido en las urnas les otorgue valor de cosa juzgada a sus propuestas de todo tipo, como cese bilateral del fuego, alargar sin fecha de término las negociaciones y propiciar acuerdos ambiguos que revelan la instrumentación de un doble juego, como hicieron durante la presidencia de Andrés Pastrana.
El comunicado patea el tablero, al basarse en temas ajenos a la agenda de negociación, como la entrevista con Capriles y la defensa de los intereses políticos de Maduro. Esos temas tienen su propio carril de tránsito. Las divergencias internacionales se resuelven entre los Estados implicados. Resultaría penoso que Colombia vuelva a sumergirse en la crueldad armada por decisión de los actores de la violencia subversiva, que aseguraron que querían la paz.