La historia de Aquilino E. Boyd
Ayer conmemoramos el séptimo aniversario de su muerte. La visión de la figura histórica de Aquilino Boyd brota espontánea en todas las mentes cuando se contemplan los hechos de esa vida de trabajo, de lucha nacionalista y de rectitud, que fue la suya y que reflejó inmarcesible honor sobre su nombre y sobre su patria.
Fue un panameño respetable que supo asumir responsabilidades cuando apoyaba una idea noble y generosa, o cuando la combatía porque la consideraba onerosa a los intereses nacionales; un hombre cuya alma no tenía recodos donde encuentran vigorosos refugios la mentira y la falsía; un panameño íntegro que jamás aprovechó su condición de alto funcionario (diputado, ministro, embajador), para desarrollar actividades en beneficio propio ni realizar negocios particulares con el Estado, a través de dudosas sociedades anónimas o de contrataciones directas.
No diría “aquilinismo” porque tanto él como quien escribe estas líneas nos hubiésemos opuesto, enemigos ambos de todo seguimiento e idolatría; pero aquel Día de la Patria (3 de noviembre de 1958), en que tomó la decisión de encabezar la “marcha soberanía” en la Zona del Canal, aconteció algo como si un pueblo de huérfanos encontrara a su Pastor, no para conducirlos a un determinado abrevadero sino para alentarlos y ayudarlos en la luz y la esperanza. Pero sí diría “aquilinismo”, reconociendo en él a la encarnación de un ideal que jamás se agota porque responde al ansia infinita y no saciada de la redención a través de la justicia y la dignidad de ser libres.
Nadie, en ningún momento ni circunstancia política alguna, podrá negar su importancia en la vida republicana (su desempeño como político, diputado, canciller, embajador 1948-1999) ni borrar de la memoria de Panamá a quien, precisamente, es uno de los que le da memoria y lucidez de su futuro.
Recordamos el día de su sentido deceso, más que un lamento fúnebre, resonaba un eco nacional de pesar y de reconocimiento por una emoción profunda.
¡Aquilino Boyd no fue ni será devorado por el olvido; se encuentra en medio de nosotros, a veces sonriente, grave también, como era natural en él. Su tumba venerada no son restos, son semillas!
Fue un hombre bueno y fuerte en el amplio sentido del vocablo; un hombre que mostraba en armonioso conjunto los más nobles dones del corazón y el cerebro; un hombre en suma, nacionalista y patriota sin tacha. ¡Eso fue Aquilino Boyd en toda la medida de lo grande y lo genuino!
Pedagogo, escritor, diplomático.
