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La honestidad se enseña en casa


Mediante el discurso y el ejemplo. Sí, es cierto que nuestros padres se desviven orientándonos y nosotros a nuestros hijos en el valor de la honestidad. No obstante está en nosotros, que desde niños nos atrae la excitación de tomar lo ajeno o copiar en un ejercicio sin ser descubiertos. Muchas veces no por el interés de lo obtenido sino por la emoción y la sensación del éxito de nuestra habilidosa travesura. Por retar al miedo de hacer algo que sabemos está mal.

El problema es que algunos no superan esa etapa. Se convierte en una costumbre decir mentiras, medias verdades, omitir la parte de la verdad que pudiera perjudicarnos ante la mirada de otros. Está en nosotros convencernos de que no se debe cruzar la raya y menos hacer de ello un hábito. En ese caso la sensación que se siente es más pasiva pero igual gratificante al saber que, pudiendo haber engañado, haces lo correcto.

La honestidad se mide en el diario quehacer. A grandes escalas y en pequeñitos detalles: Por ejemplo en la forma de realizar tu trabajo. Lo puedes hacer honestamente, dando todo de ti, o haciendo el mínimo necesario para ser remunerado por el menor esfuerzo. Si te dan un carro para diligencias del trabajo y mientras trabajas paras a recoger un amigo, o a comer, o a hacer tus compras en el vehículo ajeno y en el tiempo que te pagan, eres deshonesto. Si haces compras para tu empresa y de paso recibes un ‘incentivo’, éste le corresponde a la empresa, no a ti hasta que los jefes sean informados y lo aprueben. No se trata de quedarte o no con un ‘vuelto’, de llevarte o no los útiles de tu oficina para el uso de tus hijos en la escuela o de pasar e imprimir las tareas de ellos en el equipo y tiempo de la empresa. Es más profundo. Es a conciencia ser y hacer con rectitud. Si al actuar sientes que te daría vergüenza que alguien te descubriera en lo que haces y continúas sin pensarlo, créeme que eres deshonesto y desleal a tu propio juicio.

Si piensas: “que no me vean ahora mismo”. “Que no pase un compañero en este momento y se entere”. “Si el jefe me descubre, que pena”. Escúchate. Nuestra conciencia nos lo hace saber claramente y siempre. Es uno mismo que se engaña para hacer lo que prefiere y lo justifica con cualquier excusa que sabemos no tiene peso.