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La importancia de ser bilingüe


La fiebre del fútbol ha llegado. El virus X=1Z=1 ya es epidémico. Los contagiados suelen poner en sus automóviles las banderas de su preferencia. Los más afectados llevan juntas las de España, Brasil, Inglaterra y Holanda y los que están en Cuidados Intensivos las de Andorra, Luxemburgo y Samoa.

Para los que hemos nacido en la ribera occidental del Plata, el fútbol no es un deporte, es parte de una mitología social que revela los rasgos más insólitos del carácter nacional, manifestado en el amor a la camiseta y en el mito del héroe del suburbio. Aún hoy, donde el maniqueísmo político hace ver las cosas como las ven las vacas, en blanco y negro, la camiseta albiceleste es el abrigo de todos los argentinos, buenos y malos pero descontando los mediocres de José Ingenieros.

Se dice por allá que todo futbolista sueña con ser Maradona, así como todo político sueña con ser Perón y todo narcisista con la pinta de Carlos Gardel. Maradona no se hizo mito hasta que convirtió los dos goles contra Inglaterra en el mundial de México, el primero con la mano de dios y el segundo con el genio de Dios. Desde entonces al mito maradoniano no se lo discute y fue razón suficiente para que, casi sin experiencia técnica, se le entregara la selección en bandeja de plata.

Para el jugador argentino el fútbol no es un baile de samba como lo era para el brasilero antes de Dunga, ni pegarse a un libreto estratégico como hacen los alemanes, o embestir bajando la testuz como hacían los españoles antes de Guardiola y Del Bosque. Para los argentinos de hoy y de siempre, es cumplir una misión de vida o muerte.

Deconstruir el mito y analizar sus partes más influyentes permite conformar el paisaje interior del argentino en sociedad, donde la amistad sigue siendo su mayor virtud, a veces actuando como el sargento Cruz y otras, como Martín Fierro. Eduardo Mallea en su Historia de una pasión Argentina hace una magistral interpretación de este rasgo fundamental, que alivia en algo la tercera pasión: la autocrítica sin anestesia.

Ahora que el cielo se puso color nostalgia, desde mi memoria oigo canturrear a mi madre El sueño del pibe, un viejo tango naif. “… Faltando un minuto están cero a cero / tomó la pelota, sereno en su acción / gambeteando a todos se enfrentó al arquero / y con fuerte tiro quebró el marcador”. Un hermano suyo que jugó en Platense me decía: “Aprendé a patear con las dos piernas, porque en el fútbol, es como ser bilingüe”. Veremos si desde el cielo de Sudáfrica mi tío nos “hace la gauchada” en este campeonato que me hace ver las cosas color albiceleste.