La industria textil
Seis euros diarios (unos $6.66) es el salario medio en el mundo para quienes confeccionan ropa, en un sector que mueve a diario 34 mil millones de euros solo en Europa. Pero llegan las rebajas y las colas de las grandes tiendas se extienden hasta la calle. Corremos desesperados y nos preguntamos si todavía estará esa camisa que la semana anterior costaba el doble o el triple. Pero no nos preguntamos por qué las empresas textiles pueden disminuir el precio de las prendas de manera radical y aun así obtener ganancia. Será qué no nos lo preguntamos o que no lo queremos saber.
La Coordinadora Estatal de Comercio Justo (CEJS) presentó el informe "Tira del hilo", investigación que pretende aportar información sobre algo que la mayoría sabemos: que la mayor parte del dinero con el que pagamos la ropa de las grandes marcas termina en manos de multinacionales, mientras los trabajadores que tejieron esas prendas intentan sobrevivir con salarios indignos.
A partir de los años 70 comenzó un proceso de deslocalización industrial que le permitió a grandes empresas multinacionales llevar su producción a sitios a donde los salarios son más bajos, las condiciones laborales más precarias y los sindicatos más perseguidos.
Quizás no manejemos cifras exactas de la explotación que sufren miles de personas a causa de la industria textil, pero sabemos de qué se trata.
Ante este complejo panorama, las organizaciones sociales que trabajan por los derechos laborales sostienen que la única forma de avanzar sobre esta problemática global es imponer marcos jurídicos de carácter internacional y vinculante, que obliguen a las empresas a hacerse responsables de la producción que subcontratan sin importar el país a donde se asienten.
Además de la lucha por legislaciones adecuadas en el ámbito del mercado textil, existen alternativas para aportar a revertir esta situación o al menos no contribuir a que se reproduzcan estos modelos de explotación propios del sistema capitalista.
La diferencia fundamental entre el comercio justo y el tradicional es el objetivo. El fin del comercio convencional es solo ganar dinero, mientras que el comercio justo hace negocios para apoyar a las personas involucradas. En el comercio justo, las personas son un fin, mientras que en el convencional, los trabajadores son solo un medio para ganar dinero.
El comercio justo funciona en numerosos países del mundo y comercializa casi la totalidad de los productos que compramos en la vida cotidiana.
Existen otras vías para consumir de manera más consciente y todos podemos aportar a que la transformación no sea una utopía. Algo pequeño como la letra de la etiqueta de la ropa puede ser grande. Solo leerla y actuar en consecuencia puede iniciar cambios trascendentales.