default

La irracionalidad de los sistemas o el tumbe de los paradigmas

Por: Redacción 06/02/2015

-Dedicado a mi esposa-

Durante muchos años, en este país que tanto amo, creo haber sido un referente en la opinión popular generando criterios, análisis, críticas, y he procurado, en la medida de lo posible —frenando muchas cosas cual dique que impide que la fuerza del agua y de las corrientes rompa sus muros— y de mis convicciones, no apartarme de los principios que han sido los inspiradores de mi existencia.

Por ello, firmemente creo en la defensa de los pobres, en que debemos siempre abogar por las grandes mayorías marginadas de este país, en la necesidad de que alguien hable o diga algo a favor de ellas; creo en la justicia limpia, imparcial, objetiva, transparente, no sometida ni entregada; creo en el amor al prójimo; en el derecho del caído a levantarse; en que no se debe humillar nunca a un semejante; creo en que hay que extender la mano al caído, ayudarlo a levantarse; creo que todo caído merece ser rehabilitado; también creo en la justicia del perdón y en el derecho de todo ser humano a la reivindicación; creo en el progreso y desarrollo individual y social; creo en que las sociedades tienen derecho a progresar, sus gentes, todo el conglomerado social; creo en la familia y en el respeto propio y el debido a los demás. También creo en que hay que salirle de frente al mal, al paso, impedirle que avance, ponerle trochas para que no rebase límite alguno del bien; creo que los hombres buenos no debemos callar, nunca, y creo en el poder de la denuncia pública. Creo en que nadie debe ni puede hacerse rico a costillas de la expoliación o la coima, la añagaza o la artería; creo que todo desarrollo o progreso del ser humano debe ser obra o fruto del trabajo consagrado, devoto, dedicado, altruista; creo en que toda autoridad está puesta por Dios no para someter ni para humillar, sino para ser instrumento de Él para el bien y que todo gobierno debe estar dirigido al trabajo y al progreso de una nación; creo en la necesidad de que todo gobierno tenga una brújula que le indique hacia dónde camina la educación y hacia dónde quieren enrumbarla; que le indique que el trabajo dignifica al hombre y que en la instrucción pública, en ese marco, está el destino claro de toda nación.

A mí me causa mucha tristeza escuchar, ver en los medios, a gente que se dice sembradora de opinión, generadora de ideas, hablar con odio, con sabor a amargura de los demás. Usan palabras del mal, y al parecer anida en sus espíritus la idea de la rencilla, la malquerencia, la venganza, mucha maldad. Desbordan sus pasiones, vierten la ponzoña del alacrán, cuales serpientes muerden, duro, segregando el veneno del áspid; en fin, sus rostros no pueden ocultar ni la ira ni el resentimiento.

Yo, al final de cuentas, critico, hablo, digo, expreso, pero no pongo a mis palabras veneno alguno; solo pienso, como decía Descartes, “luego existo” –cogito ergo sum-; creo que mi forma de ser o de pensar estaría afectada, por falta de objetividad o de imparcialidad si pusiera en cada una de ellas, una cierta dosis de resentimiento o de odio. Superando traumas del pasado, golpes y humillaciones, pude en cierta ocasión visitar al general Noriega en la celda donde está privado de su libertad, y mirarlo como lo que es, como un ser humano, y, además, arrepentido y seguidor de Cristo. Dios manda que seamos buenos cristianos, no hipócritas. La lucha por ser buenos cristianos nos es puesta a prueba a diario, a cada hora, cada segundo.

Me preocupa, finalmente, que en lugar de procesos debidos y debidos procesos, en materia jurídica, lo que estemos impulsando, al parecer, sean linchamientos públicos ante la opinión del pueblo panameño y que, penosamente, estemos dando al traste con la objetividad y la imparcialidad debidas y esenciales a un Estado que se jacte de ser respetuoso de los derechos humanos.

El discurso de que al supuesto o efectivo violador de los derechos humanos, sea quien sea, hay que darle la misma dosis de esa medicina, me parece irredenta a la filosofía seria del Estado de Derecho. Un país no puede ser de Derecho para unos y de irracionalidad de los sistemas para otros.

Ser o no ser, decía Shakespeare en boca del soliloquio de Hamlet -1600-, y creo que de eso se trata, que definamos nuestra propia identidad que, como sostuve, en alguna ocasión, en conferencia que brindé en el Paraninfo Universitario, aún no acabamos por definir en este suelo. Tuve el mérito de que el extinto Dr. Jorge Illueca, defensor perenne que fue de un sistema de libertades, coincidiera con nuestra manera de pensar.

Edición Impresa

Miércoles 5 de agosto de 2026