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La joya que le canta al tesoro natural de Panamá

Por: Redacción 07/05/2015

Hace poco tuve la oportunidad de visitar el espectacular Museo de la Biodiversidad, ubicado estratégicamente al inicio de la Calzada de Amador y visible desde la Cinta Costera 3, Las Bóvedas, el Puente de las Américas, desde muchos edificios altos de la ciudad y muy prominentemente desde la entrada sur del Canal de Panamá. Aunque se ha dicho muchas veces y no está de más repetirlo, es el único edificio en Latinoamérica diseñado por el renombrado arquitecto canadiense-norteamericano Frank Gehry, y como me comentó uno de los asesores económicos del Estado, quien en su momento apoyó decididamente esta magna obra, hasta cierto punto es como “nuestro Taj Mahal”; aunque a diferencia de Shah Jahan, quien hizo un Taj Mahal, Gehry quiso hacer tres museos en Panamá, dos en la capital y uno en la ciudad de Colón; pero la corta visión estatal de esa época lo impidió. Ojalá esta administración incluya el museo que Gehry quiso hacer en Colón, ya que sería parte importante del esperado y necesario proyecto de revitalización de Colón, que ya está en proceso.

El museo está basado en los estudios del Dr. Steven M. Stanley, geólogo y profesor de la Universidad de Johns Hopkins de Baltimore, Maryland, quien en su interesante obra “Children of the Ice Age” nos abrió los ojos a la importancia del istmo de Panamá, el cual con su emergencia del mar hace entre cinco y tres millones de años, al dividir los océanos y unir el continente, creó los cambios climáticos a nivel mundial que hicieron posible el inicio del desarrollo evolutivo de una especie africana de primates que posteriormente se convirtió en la especie humana, por lo cual la directora de Noticias del Instituto de Tecnología de la Universidad de California, Kathy Svitil, llegó a escribir un muy interesante artículo al respecto titulado “Todos Somos Panameños”, publicado en la revista Discovery.

Su diseño arquitectónico, propio de Gehry, se destaca por un techo de láminas multicolores que unos dicen simula una guacamaya en vuelo y que otros interpretan como la distribución de la lluvia en nuestra selva tropical. Prefiero la teoría de la guacamaya, aunque haya que verla desde el aire. En esta ciudad, que tiene 40 de los 100 edificios más altos de Latinoamérica, el Museo de la Biodiversidad es un edificio bajo que no entra en ese rango, pero es sin duda el edificio más moderno, original y espectacular del país.

El museo, que canta al remoto pasado, pero incluye un llamativo y responsable presente y un potencial futuro, no está completo en su totalidad, pero está abierto al público y las salas que se pueden visitar son impresionantes y llevan a la mente el deseo por conocer a fondo lo que se visita y lo que se abrirá a futuro. No entraré a describir el museo porque hay que visitarlo, pero sí comentaré algunos de sus aspectos que me llamaron la atención.

Tiene una tienda de regalos y recuerdos de primer nivel, con artículos relacionados a lo que se expone y a nuestro país, entre ellos libros, libros eruditos sobre el tema, con profusión de fotografías, como para mostrarlos en la sala de la casa como objeto de conversación. Sus salas son amplias, muy bien documentadas, con facilidades para recorrerlas y técnicas modernas de presentación que nos envuelven del todo, literal y figurativamente y si mal no recuerdo, tiene una sola ventana. Pensando en que el museo no solo se visite reverentemente como tradicionalmente se visitan los museos tradicionales, sino que se disfrute, las salas guían por un recorrido que nos va introduciendo en un viaje por el tiempo, mostrándonos los cambios que se han desarrollado en nuestro Istmo hasta llevarnos a lo que somos y a lo que tenemos, con audio guías disponibles en cinco idiomas, español, inglés, portugués, francés y mandarín, y facilidades para personas con dificultad de movilización.

Dispone de áreas donde se pueden llevar a cabo celebraciones diversas, bajo techo y al aire libre en un cuidado jardín con veredas, ubicado entre el museo y el Canal, con toldas que aplaquen nuestro implacable sol o nos protejan de una inoportuna pero frecuente llovizna en su estación y con sillas donde sentarse frente a mesas a disfrutar de la experiencia de la visita al museo y de la vista panorámica hasta donde alcance nuestra vista.

Como todo museo incipiente, solo le falta apoyo, nuestro apoyo; así que visítelo y promuévalo, vale con creces el tiempo que se le dedique y se sentirá asombrado, ilustrado, complacido y muy orgulloso de este museo.

 

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Viernes 31 de julio de 2026

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