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La levedad de los símbolos en la sociedad moderna


E n la tribu, luego en los clanes, y más tarde en aquellas sociedades primitivas que le dieron fundamento emocional y memoria a las naciones de hoy, el tótem era eje rector de la vida de esos pueblos; los identificaba, cuando no los definía.

Nos referimos a esas épocas cuando el sentido de pertenencia lo reforzaban los colores en una tela, el animal tallado en un escudo, las historias contadas con dibujos rupestres en las cuevas, y hasta los acentos de un idioma. No podemos obviar el símbolo por excelencia, que identifica una fe que cambió el mundo: la cruz.

Más tarde aconteció el salto cultural y económico que sembró el mundo con nuevos símbolos: grandes edificios, torres (inclinadas o no), canales, estatuas colosales, ciertos ritmos musicales, y demás.

Hoy, son otras las creencias y los ánimos. Vemos con grima cómo con las banderas de los países se hace lencería, pantalonetas, cinturones. Cuando se escucha un himno nacional, la actitud no siempre es de reverencia o respeto; antes bien, todo lo contrario. El descreimiento barnizado con una sospechosa lámina de liberalismo llega a tales niveles que se usan los símbolos patrios para decorar vajillas y hasta mingitorios.

En Panamá, donde la pérdida de fe en los referentes sociales es epidémica, y donde nadie cree en nada ni en nadie, volver a los símbolos, sembrar en los jóvenes el aprecio por ellos, podría definir el camino entre todo lo ganado, y todo lo perdido.