La leyenda negra
En el capítulo XI, página 303, del libro “Historia de la Nación Latinoamericana”, Jorge Abelardo Ramos menciona que el Istmo de Panamá fue cuna y sepultura del ideal de Simón Bolívar, de una Colombia Grande, con esto me refiero al proyecto de unión de Ecuador, Venezuela, Colombia y Panamá, en 1821. No es cierto, ya que el Libertador murió en Santa Marta, y con él la Gran Colombia; murió atendido por un doctor gratuito, en cama ajena y sin un centavo, lleno de dolor tras el asesinato de Sucre.
Para 1903, el Istmo de Panamá que había permanecido “unido a Colombia”, no hizo más que seguir el proceso histórico, político y económico estancado desde el primer cuarto del siglo XIX y que para este pequeño departamento alejado del poder centralista bogotano fue de gran pauperrimidad dicho periodo.
Ello se debió, y he aquí la cuestión, a que las estructuras económicas del Istmo de Panamá no poseían la fuerza derivada de la inexistencia de productos de fácil o importante comercialización, legado nefasto de la colonia, en donde el transitismo fue lo único rentable, dada una condición geográfica aunada al polo de explotación de metales preciosos provenientes del Pacífico de Suramérica.
Ahora, en esta etapa, la llamada burguesía urbana y los pocos terratenientes rurales no acertaban crear un proyecto macro económico sin depender de los propios y extraños intereses de la metrópoli bogotana, la cual a su vez sucumbía ante el poderío económico británico y la diplomacia militar de Estados Unidos.
Ante este escenario, el fracaso del canal francés solo hizo agudizar y, por ende, acelerar el proceso legítimo del pueblo del departamento de Panamá en busca de sus propias alternativas, ya que entre impuestos tanto a la burguesía como a la clase campesina y el trabajo obligatorio se estaba en una situación semifeudal en todo su sentido ante el avance de la revolución industrial a nivel mundial y el crecimiento del comercio exterior, menguado pero estable en otros países.
La nueva hegemonía de Estados Unidos que lo impulsa a declarar el mar Caribe como su “mare nostrum” es propicia para asumir la construcción de un canal por razones geoestratégicas, como hasta la actualidad representa nuestra vía tal visión.
Cuando se da el rechazo del Herrán–Hay, confluyen dos intereses que parecen ponerse de acuerdo, sí, el de Estados Unidos y el de Panamá, que había sido intervenida en tantas ocasiones a favor de mantenerla unida por las bayonetas, precisamente yanquis, a la metrópoli bogotana.
Los intereses mundiales salieron a relucir y ciertamente los estadounidenses esta vez intervinieron después de la “paz del Wisconsin”, en 1902, a favor de los separatistas panameños, los cuales en ese momento, 3 de noviembre de 1903, decidieron cortar los vínculos políticos con una nación que aun cuando era noble, económicamente nos había llevado a la inanidad por sus propios motivos y complejas situaciones derivadas inclusive de 1831, tras la completa disolución de la Gran Colombia; si Venezuela y Ecuador optaron por seguir sus propios proyectos nacionales y económicos, ¿cómo se le puede achacar a Panamá que no hubiese seguido la misma opción en el ámbito de la desfragmentación promovida por intereses totalmente ajenos a esta tierra?
La leyenda negra solo ha reflejado la insatisfacción de una sola parte y ha sido abonada por aquellos que han desconocido todo el arduo fragor de la independencia durante todo el siglo XIX; no es casualidad que las primeras palabras de nuestro Himno Nacional digan: “Alcanzamos por fin la victoria…”, porque ciertamente tras 82 años de un proyecto fallido de unión a Colombia era el legítimo derecho de los istmeños alzarse con su propio Estado nacional, que si bien estuvo mediatizado, conllevó al nacimiento de un sentimiento patriótico y nacionalista, de una lucha generacional de las más largas en la historia de América Latina y que desde sus inicios conllevó a los acontecimientos posteriores del 9 de enero, cuando la juventud estudiosa del glorioso Instituto Nacional encabezó la lucha definitiva por alcanzar la victoria, al obligar a Estados Unidos a comprometerse a derogar el oprobioso tratado Hay-Bunau Varilla, y entre esos estertores de la patria vieja del siglo XIX y el amanecer glorioso del 3 de noviembre de 1903, la leyenda negra tejida en torno a estos acontecimientos no podrá restarle méritos a una acción tan soberana como lo es el derecho inherente de un pueblo a autogobernarse; de ahí que esa fecha represente el primer paso en busca de nuestra independencia e identidad que un pequeño grupo de próceres, entre el temor y la valentía, legaron a los panameños de las generaciones posteriores y que tal decisión no debe ser pontificada, cierto, pero sí entendida en lo que Panamá era y ahora es.