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La magnitud del ser humano


Rómulo Emiliani / Monseñor (opinion@epasa.com) / -

Él se sacrificó por la humanidad, nosotros por los ídolos. Él se entregó totalmente por cada uno de nosotros, y como respuesta, nuestra atención gira en torno a todo aquello que es imitación de Dios y que supuestamente nos llena, entregándonos a esos dioses y dándoles culto. Hoy están vigentes el dios de la guerra con todos sus “santos”: armas, negocio multimillonario, odio al contrario, ambiciones totalitarias, genocidios, asesinatos por encargo. También están el dios dinero y poder, y mucha gente vende su alma al diablo para satisfacer su culto, entregándose en sacrificio a los negocios del narcotráfico, lavado de dinero, sicariato, sobornos. El dios lujuria nos trae la pornografía en diferentes niveles, adulterios, fornicación, violaciones, pedofilia. Damos culto a los dioses falsos con todos los sacrificios que conlleva y, en cambio, Él se entregó por nosotros.

Se sacrificó por nosotros en la cruz, para salvarnos de la muerte eterna. Si creyéramos plenamente esta verdad, este mensaje sería suficiente para sentirnos dichosos, bienaventurados, seguros del divino amor y no dar culto a dioses falsos. Su pasión fue un hecho real, trágico, doloroso al máximo, en el que experimentó la traición y el desprecio humano, el abandono de casi todos y la lejanía de Dios Padre, para así cargar con el pecado de toda la humanidad. Morir derramando hasta la última gota de sangre por nosotros es la prueba máxima de su amor.

Hay siempre en Él una inmolación, una entrega por nosotros, ya que gracias a la encarnación se despojó de todo para estar con nosotros. Y tanto en su nacimiento en una cueva como en su infancia, juventud y vida pública, lo vemos sin ejercer su poder divino, salvo cuando expulsa demonios y hace milagros. De hecho, hasta en su aparición en la vida pública no hay indicios, solo en el templo a los doce años, de ningún destello de su divinidad. Esto es encarnarse en nuestra realidad humana. Es hacerse uno como nosotros.

SIN DEJAR DE SER DIOS SE DESPOJÓ DE SU RANGO, DEL USO DE SUS ATRIBUTOS DIVINOS, Y ASUME LA CONDICIÓN HUMANA, SE HACE UNO CON NOSOTROS EN TODO, MENOS EN EL PECADO.

Él es el enviado del cielo, un solo Dios con el Padre y el Espíritu. Él se unió a la naturaleza humana y se inmoló para hacernos hijos de Dios. “El hijo de Dios en persona, aquel que existe desde toda la eternidad, aquel que es invisible, incomprensible, incorpóreo, principio de principio, luz de luz, fuente de vida e inmortalidad, expresión del supremo arquetipo, sello inmutable, imagen fidelísima, palabra y pensamiento del Padre, Él mismo viene en ayuda de la criatura que es su imagen: por amor del hombre se hace hombre.

En resumen, en su encarnación, sin dejar de ser Dios se despojó de su rango, del uso de sus atributos divinos, y asume la condición humana, se hace uno con nosotros en todo, menos en el pecado.

Pero, en pago de su amor, cayendo en lo más bajo, nos hemos sacrificado en adoración al dios dinero, poder y placer, y nos hemos entregado ciegamente a esos ídolos de barro, dándole la espalda y rechazando a nuestro Señor. Cristo dio su sangre por nosotros, y nosotros la nuestra al mundo. ¡Qué malagradecidos! Si supiéramos que nada somos sin Dios. Creados por puro amor, a su propia imagen, dependemos de Él en todo. Vivimos por pura misericordia divina. Por culpa del pecado, rebeldía, desobediencia contra Él, hemos caído en la miseria más espantosa, vueltos hacia nosotros mismos, adorando el “ego” y todas las cosas que el mundo pone como dioses.

Por adorar a los ídolos, hemos convertido el “paraíso” en un infierno, en un muladar de estructuras injustas, creando barreras infranqueables por clases sociales, naciones, razas, religiones. Guerras, pobreza extrema, odios que pasan de generación a generación, contaminación atmosférica, deforestación, un mundo que vive continuos holocaustos sacrificando poblaciones enteras en aras a la adoración del dinero y del poder. Todo porque nos inmolamos a los ídolos y dejamos el culto agradable a Dios por el amor desordenado a las criaturas.

Seamos alabanza de su gloria, sacrificándonos por Él y la humanidad. Nuestra alma, cuerpo y espíritu, todo nuestro ser debe ser inmolado a la causa del Reino, gastándonos día a día, consumiendo nuestra existencia, como la vela que se derrite ante el Santísimo, por promover un mundo nuevo. Eso es posible con Él, con quien somos invencibles.

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Viernes 14 de agosto de 2026