La majestad de los documentos

Por: Redacción 29/08/2017

Existe en Panamá un bello edificio neoclásico, de estilo severo y monumental, situado en la Avenida Perú, que desde 1924 salvaguarda con majestuosidad parte de nuestros archivos nacionales. Esta joya arquitectónica, obra de Leonardo Villanueva y fruto de la visión estadista del presidente Belisario Porras, a su vez, le da a estos documentos patrimoniales, cobijados entre los sólidos muros de mampostería de este magnífico edificio, toda la majestad y grandeza conferida por los siglos pasados y por las hazañas de héroes y plebeyos, descritas en esos pliegos y pergaminos. Los historiadores, al investigar y escribir la historia, formulan su propia ideología y filosofía de esta ciencia o arte, según el criterio utilizado, pero son estos testimonios, guardados como tesoros, los que expresan la totalidad diacrónica de los acontecimientos.

La historia real, la res gestas latina o los hechos consumados, se diferencia del conocimiento del pasado, o sea de la historia como disciplina, justamente porque solo se conoce la primera a través de esos documentos y otras evidencias de ese pasado que examinan los historiadores para contarlo. La distancia entre estas dos interpretaciones - la historia como proceso analítico o como textos u obras testimoniales - desaparece cuando ambas se ligan a la verdad.

El enunciado del pasado verdadero para transmitirlo en el presente (la historia de los historiadores) pertenece también a otras disciplinas o enfoques de la experiencia humana - antropológicos, estéticos, ideológicos, teológicos, políticos, etc., - que le dan su sentido histórico particular. Vale recalcar entonces, la importancia sin límite de toda esta riqueza documental que tenemos en los archivos nacionales para la memoria de la nación panameña.

Este acervo patrimonial incluye, además, la hemeroteca de los periódicos, los protocolos de los notarios, los registros de las iglesias, los libros de las bibliotecas y toda esa multitud de testimonios individuales, aun con sus significaciones opuestas, que en sus diversas manifestaciones literarias, artísticas y arqueológicas nos enriquecen con su rico despliegue arquitectónico, estatuario, orfebre y cerámico, tanto precolombino como colonial y republicano.

Pero ese nacer y renacer histórico se vería mermado por la indiferencia ciudadana y sobre todo la estatal, hacia esos documentos porque precisamente es a partir de estos textos que se constituye la percepción de la continuidad o linealidad de nuestra historia nacional.

Desafortunadamente, en nuestro país la desidia y la indiferencia se comportan como sinónimos, con esa dulce vaguedad errónea, que nos perjudica a todos. Cabe recordar que desde 1933, por problemas de congestión de documentos, se suspendió la entrega al Archivo Nacional de expedientes de los distintos ministerios, medida que persiste aún, por lo que estos archivos se encuentran almacenados en diversas bodegas, amenazados por el olvido y descuido.

La misión del intelecto, tan ligada a la verdad, hace que la historia no sea copia o espejo de la realidad, sino la intuición de lo real de un historiador.

Sin la majestad de los documentos, esa revelación de una realidad histórica transcendental, necesaria y universal, no sería posible ni narrable.

Ciudadano.

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Martes 14 de julio de 2026