La más inhumana de las armas
Creo que la mayoría de las personas estaría de acuerdo en considerar las armas nucleares como artefactos inhumanos. Es alentador, por ello, constatar la existencia de un movimiento por la proscripción de las armas nucleares que, aunque en cierne, está en constante expansión.
El tema fue expuesto en la Conferencia de las Partes de 2010, encargada del examen del Tratado sobre la No Proliferación de las Armas Nucleares, cuyo documento final señala: “La conferencia expresa su honda preocupación por las catastróficas consecuencias humanitarias de cualquier empleo de las armas nucleares y reafirma la necesidad de que todos los Estados cumplan en todo momento las disposiciones aplicables del derecho internacional, incluido el derecho internacional humanitario”.
En mayo de 2012, dieciséis Gobiernos presentaron una declaración acerca de la dimensión humanitaria del desarme nuclear. Hemos visto señales de cambio, incluso en los países nucleares. El presidente estadounidense Barack Obama manifestó en la Universidad de Hankuk, Seúl: “En cuanto al tema nuclear, mi administración reconoce que el uso del enorme arsenal nuclear heredado de la Guerra Fría no es adecuado para combatir las amenazas actuales, entre ellas, el terrorismo nuclear”.
Un documento aprobado en la Cumbre de la Otan de 2012 afirma: “Es sumamente improbable que surjan circunstancias en que se deba considerar cualquier empleo de las armas nucleares”.
Estas declaraciones demuestran cuánto ha disminuido la importancia atribuida a las armas nucleares en cuestiones de seguridad nacional. La lógica de la posesión nuclear también está siendo cuestionada desde otros ángulos.
Se calcula que el gasto total mundial en armas nucleares es de ciento cinco mil millones de dólares anuales. Si tales recursos fuesen transferidos al sector de la salud, el bienestar social, la educación o la asistencia para el desarrollo de otros países, se lograría un impacto positivo de trascendencia incalculable en la vida y en la dignidad de muchísimas personas.
En abril de 2012, un estudio sobre los efectos de una guerra nuclear en el medio ambiente fue publicado en el informe Hambre nuclear; señala que una guerra de pequeña escala provocaría cambios climáticos graves que afectarían a países alejados de las naciones combatientes, lo que redundaría en una hambruna que afectaría a más de mil millones de personas.
Considerando esto, me gustaría ofrecer tres propuestas para el establecimiento de una nueva sociedad global sostenible, en la que todos puedan vivir con dignidad.
Primero, hacer del desarme un tema clave de los objetivos de desarrollo sostenible deliberados en la ONU. Propongo reducir a la mitad el gasto militar mundial hasta los niveles de 2010, e incluir como meta para 2030 la abolición de las armas nucleares y demás armamentos declarados inhumanos por el derecho internacional.
Segundo, iniciar el proceso de negociación para una convención sobre armas nucleares, con la meta de acordar la redacción de un texto inicial para 2015, lo cual requerirá que la comunidad internacional debata activamente sobre la naturaleza inhumana de dichos artefactos.
Tercero, realizar una cumbre ampliada por un mundo sin armas nucleares. La celebración de la Cumbre del G-8 en 2015, en el 70 aniversario de los bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki, constituiría una ocasión ideal.
También son alentadoras estas otras palabras que el presidente Obama pronunció en Corea: “Creo que los Estados Unidos tienen una responsabilidad única que cumplir; de hecho, nosotros tenemos una obligación moral. Digo esto como presidente de la única nación que ha utilizado armas nucleares... Sobre todo, lo digo como un padre que desea que sus dos jóvenes hijas crezcan en un mundo donde todo lo que ellas conocen y aman no sea eliminado en un instante”. Ese tipo de pensamiento puede ayudarnos a “desatar” el nudo gordiano que por tanto tiempo ha constreñido los conceptos de la seguridad nacional y la posesión de las armas nucleares.
No podría existir un lugar más adecuado que Hiroshima y Nagasaki para reflexionar sobre el profundo significado de la vida en la era nuclear. La clase de sesión ampliada a la que me refiero se llevaría a cabo con el mismo espíritu y brindaría un mayor empuje al movimiento por un mundo libre de armas nucleares. De ese modo, podría servir como punto de partida para acciones más concretas por el desarme global con miras a 2030.