La misericordia infinita de Dios
Todo el plan divino de salvación tiene como esencia la misericordia del Señor que aparece siempre como la gran buena nueva llena de esperanza ante la desgarradora debilidad, el error y el pecado del ser humano, ofreciendo el amor incondicional de Dios donde habría un final desgraciado sin el perdón divino. Donde abundó el pecado, sobreabundó infinitamente la gracia. De hecho, todos los pecados de la humanidad juntos son nada ante infinita misericordia de un Dios que jamás será vencido por el mal. "Pues más grande que los cielos es tu misericordia y llega hasta las nubes tu fidelidad", (Salmo 107,35).
Desde el Evangelio vemos que la misericordia de Dios es eterna, por lo tanto, sin límite de tiempo; inmensa, sin límite de lugar y espacio y también universal, sin límite de razas, naciones ni credos. Muchas veces nuestros pecados nos impiden acercarnos a Él, pero Dios siempre sale en búsqueda nuestra. De hecho, "la suprema misericordia no nos abandona ni aun cuando la abandonamos", (San Gregorio Magno).
La iniciativa siempre parte de él, que nos amó primero, que "nos visita con su gracia, a pesar de la negligencia y relajamiento en que ve sumido nuestro corazón y promueve en nosotros abundancia de pensamientos espirituales.
Él está siempre pendiente de nosotros, llamándonos por el Espíritu a la reflexión sobre nuestros pecados y al arrepentimiento. Busca encontrarse con nosotros de mil maneras: a través de los acontecimientos buenos y malos, de amigos, de mensajes, de inspiraciones divinas, sea en el marco del silencio o incluso en el bullicio de las actividades. El corazón de Dios misericordioso está abierto de par en par para recibirnos. Él nos llama, desea abrazarnos como Padre que recibe al hijo pródigo y espera pacientemente nuestra conversión.
Estamos en el tiempo de su misericordia y no despreciemos su oferta de salvación, mientras dura nuestra existencia terrena, en donde su perdón será total si nos arrepentimos. Acabando nuestra vida, ya no habrá vuelta atrás y habrá dos términos, el cielo o el infierno. Nuestro destino será la resurrección gloriosa o la condenación para siempre. No podemos despreciar esa verdad divina que nos habla de la posibilidad de condenarnos. Rechazar continuamente la gracia de Dios, dar la espalda a su bondad y generosidad y no aprovechar el tiempo de gracia, la oferta divina de su misericordia es arriesgarnos a perder lo más grande, lo único en verdad que vale la pena, la vida eterna con Él.
La muerte en el madero fue extremadamente dolorosa, tanto por los suplicios físicos que padeció Jesús como por las angustias y tristezas que vivió y siempre mantuvo su amor misericordioso con nosotros, aún sabiendo cómo le íbamos a responder. Recordemos su amor y que con Él somos invencibles.
Monseñor