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La misma cara de una sola moneda

Por: Redacción 31/10/2016

Nuestra identidad no ha sido obra de un día. Sobre la siembra de grandes y heroicos sucesos de un pasado no tan remoto descansa hoy nuestra nación. Muchos desconocen, tal vez, que en la primera mitad del siglo XVI el conquistador Gil González, habiendo agotado ya todas las posibilidades de navegar de un océano a otro a través de nuestros caudalosos ríos, decidió hacerse camino hacia el Pacífico, habiendo primero desarmado clavo por clavo y madero por madero cada una de sus dos naves y portando su preciada carga con un contingente de hombres a través de la selva inhóspita de nuestro Panamá. Tuvo éxito al fin. Al cabo de varios meses y habiendo perecido casi la mitad de sus hombres, llega a la ciudad de Panamá, donde decide nuevamente armar sus barcos y zarpar, en pos de su destino. Un hombre tenaz que hizo una ruta donde no la había.

Fue Victoriano Lorenzo, vivo estandarte de lucha indomable y tenacidad, quien frenó la conquista de nuestros ideales nacionalistas por parte de los intereses foráneos que reinaban en ese entonces. Un hombre recordado siempre que representa la llama de nuestro nacionalismo en el corazón del hombre panameño.

Nuestro Canal, esa honda cicatriz que marca orgullosamente la faz de nuestra nación, la amplia sonrisa del esfuerzo humano que engulle sin temor a dos mares, es también un vivo ejemplo de las luchas del hombre por conquistar lo que parece indomable. El Canal, nuestro Canal, es uno de las más grandes y abiertos museos que rinde culto a la tenacidad del hombre. La naturaleza se doblegó al fin, segando la vida de miles cuya voz fue solo en apariencia acallada, porque viene a expresarse como un genuino grito de triunfo en cada pilar que hoy sostiene esa magna obra de la humanidad.

Hoy sufrimos grandemente la dolencia del olvido; dejamos de escuchar un pasado que nos une y nos hermana. Caminamos descuidadamente por un sendero que otros nos habían trazado ya. En medio de ese indolente olvido, surge como víbora agazapada el divisionismo; la desunión instigada a veces por unos pocos hombres que atesoran el fuego de la discordia celosamente, como el ser primitivo que teme perder la única llama que le da calor. Hombres que sin saberlo cometen el atropello más grande que se puede dar; instigar y fomentar el olvido de lo que nos une y alimentar la cizaña de lo que nos divide. Al fin, su lucha es inútil, porque bajo esa superficie embravecida a fuerza de remar en un solo sitio, yace nuestra identidad, protegida y serena en el profundo regazo de la historia que nos une.

Aquí no hay clase política. Hay solo hombres y mujeres, hijos todos de un solo Istmo al fin; algunos con inquietudes muy personales y otros con sinceras motivaciones altruistas. Personas todas a las que se debe recordar que aquí se vive y aquí se muere. Que la historia sabe esperar y que la paciencia es tal vez su mayor virtud. Que sus actos serán juzgados por las futuras generaciones y que su propia descendencia se mezclará también entre el jurado.

Idealismo absurdo pensar que como animales gregarios y sin pensamiento alguno caminaremos todos en silencio por el camino que como nación nos depara el destino, sin alzar una voz de protesta, sin mirar ni medir nuestros pasos. La oposición constructiva es sana, cuando recoge la voz del hombre común que necesita expresarse; cuando se levanta como un muro impenetrable ante el atropello; es la contracción del mismo corazón en el que el gobierno se dilata. Así, gobierno y oposición son simplemente los lados opuestos de una sola moneda: nuestra nación.

Abogado

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