La mujer en la sociedad machista
Marzo conmemora el reconocimiento de de los derechos de la mujer, sus luchas, sus aspiraciones. En Panamá, el auge del movimiento feminista se da a lo largo de los años del noventa. Una mirada a la situación actual confirma los avances logrados, aunque aún perduran los obstáculos. El machismo o el cuasi machismo sigue imperando e institucionalizado.
La lucha por los derechos de la mujer no deja de tener un sustrato material. Ellas son, al igual que los niños, las que más sufren la miseria, en donde los dos tercios de la población mundial en pobreza tienen menos de quince años, y dos de cada tres pobres son mujeres. Ahora, la persistencia de ese tipo de estructura (que discrimina) no margina a la mujer sencillamente por ser mujer, aunque también por eso. Es el sistema social en su conjunto, el que --en todo caso, establece roles que hacen que la mujer, genéricamente hablando, conviva en desventajas y obstruidas en sus aspiraciones.
La vida cotidiana, esto es, lo que en su actividad diaria hacen los hombres y las mujeres, está influenciada y, hasta determinada, por los valores culturales. De esto colegimos que las permanencias de “sociedad machista” están por encima del interés individual, tocando el mismo tejido ideológico de la sociedad. Para entender, entonces, el dilema de los roles de género tenemos que distinguir entre el “hombre cultural” y el “hombre per se” (por sí mismo) y no confundirlos como por lo general se hace. Los patrones arraigados en la conducta social, de una y otra parte, hace que se mantengan formas y modelos tradicionales que se repiten generacionalmente. El machista sigue su machismo y la mujer no termina de apadrinar (como acto inconsciente) su propia subordinación. Pero ni uno ni otro de los comportamientos son intencionados; tampoco antojadizos. Es el resultado de una transición generacional-cultural que asume formas distintas y que dependen poco del régimen social imperante; sino de los patrones culturales.
Aceptando que la mujer ha jugado, en los distintos estadios del desarrollo humano, un “papel secundario” respeto al hombre, habría que reconocer que esto no ha sido así todo el tiempo y en todas partes. El régimen matriarcal fue una realidad, pero feneció sin posibilidad de repetirse. El resultado, para la mujer, fue el status de una “doble discriminación” (discriminación desde la sociedad y desde el hombre). La doble discriminación, no obstante, va más allá de la mala fe de un sexo sobre el otro, para ubicarse en el terreno de las visiones culturales predominantes.
En efecto, si la mujer ha sido y aun es marginada, ello no es ajeno a la evolución de las sociedades donde el régimen de propiedad, en sus distintos estadios, definió una función social a cada sexo. El comportamiento individual de cada sexo no es ajeno a la estructura cultural transmitida en larga duración; se trata de un proceso en el que no es antojadizo lo que se hace, lo que se piensa, lo que se siente. Cada una de estas manifestaciones, incluida las formas de relacionarse las parejas, transita a través de un proceso de educación que emerge desde la misma entrañas de los grupos humanos. Es ahí, en la complejidad del trato de las parejas, donde se construye y se justifica el contexto de las desigualdades.
jayan2258@gmail.com
