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La narrativa como grito de angustia


Al transparentar el relato entre dos épocas, nos remite al Lobo Estepario, (1927), una narración teñida de ironía. El mundo licantrópico en el que se desarrolla la urdimbre profusa de misticismo, ascetismo y sabiduría encauzada hacia la dualidad del alma del bien y el mal, el indómito individualismo y la crítica de convenciones de un sistema burgués deshumanizado, insolidario y atomizado que no despertó las expectativas de una generación tediada de la guerra y el derroche.

El Lobo Estepario, de Hermann Hesse, es una obra notable y prolífica, aborda el movimiento expresionista del momento, representaba los sentimientos, experiencias y reacciones interiores del artista o escritor. Defendía el retorno del hombre originario y el nacimiento de una humanidad libre y más reflexiva de sus propias posibilidades; artistas, pintores y escritores repelían los conflictos bélicos, una humanidad anquilosada y una clase burguesa atemperada ajena al dolor humano.

La narrativa de este mundo lobuno apela a armonizar lo material de lo espiritual, los sentimientos y la razón y lo demoníaco de lo angelical; extraordinariamente representado en los personajes de esta novela, instrumentalizando el teatro mágico revelando la confusión, el desorden y el caos no resuelto en las profundidades del alma.

Todas las obras de Hesse están marcadas por lo autobiográfico, un individuo copioso en contradicciones, soledad, tristeza, decepciones, y de paradigmas que no encajaban a la clase a la que pertenecía, un mundo interior insatisfecho. Lo lobuno de este escritor constituye un arma de crítica social.

Durante el relato, Harry Haller, el protagonista juega con la idea del suicidio como forma de escapar a las miserias burguesas frente a la injusticia y el dolor producto de la primera guerra mundial, así como el periodo de exuberancia y desenfreno de los años 20 que finaliza en 1929 cuando se declara la recesión y Europa cae en una crisis económica, cultural y moral. No obstante, el papel de la mujer evidencia los distintos desencuentros que vivió el autor donde el personaje de Armanda vivifica la tentación, seducción, la sensualidad y hasta el pecado original pero indefectiblemente representa simultáneamente la espiritualidad, el camino al paraíso y el complemento como destino de todo hombre.

No puedo adjudicarme el título de sabio. He sido un hombre que busca, y aún lo sigo siendo; pero ya no busco en las estrellas y en los libros, sino que comienzo a escuchar las enseñanzas que me comunica mi sangre. Mi historia no es agradable, no es dulce y armoniosa como las historias inventadas. Tiene un sabor a disparate y a confusión, a locura y a sueño, como la vida de todos los hombres que ya no quieren seguir engañándose a sí mismos. (H. Hesse).