La negociación o las tumbas
Era un mediodía de septiembre de 2009, estaba en una zona con presencia guerrillera en Colombia, llegábamos con una agenda breve en visita oficial, alguno de mis compañeros sudaba copiosamente, no era para menos. Nos advirtieron de manejarnos con discreción, esto era curioso, dado el hecho que los fusiles y las ideologías han rebasado el límite de la cordura en ambos extremos, hasta convertirnos en la antítesis Hegeliana de nuestras propias verdades, expresos mediáticos malintencionados.
Quien no ha conversado con un soldado o guerrillero presupone de ellos hechos absurdos, porque al final son de carne, sangre, agua y huesos, simples mortales hundidos en el pantano de las diferencias de los que gobiernan a ultranza de sus intereses.
Uribe siente que la negociación es trampa, traición o irrespeto, como si durante los años del conflicto solo él y sus seguidores han sido víctimas y agresores, lo son igualmente las hormigas que el tejido social injusto colombiano envió a la montaña, a las selvas, a los ríos, etc.; esta gente también ha padecido la ignominia de la guerra.
Santos tiene el mérito histórico de haber analizado desde la perspectiva correcta la realidad de la confrontación, ya no se trata de sentirnos capaces de vencer al enemigo, sino de abrazarlo en un gesto de mutua aceptación de virtudes y carencias. Acá nadie está libre de pecado, todos somos de todo, así no hayamos disparado un tiro. Tenemos la responsabilidad a veces por acción y otras por omisión.
Si tuviera que repetir las palabras de Humberto diría que esta es la paz irremediable y asustaré a más de un mojigato que desconoce el verdadero rostro de la muerte violenta. Midamos los extremos del escenario y saquemos conclusiones. ¿Qué es mejor, la paz negociada o las tumbas compartidas? Han sido cientos de miles las almas y cuerpos afectados, se nos han ido muchos entre la sinrazón de la violencia desenfrenada. O hacíamos un alto y decíamos basta, o proseguía el festín de los buitres, para quienes el dolor no existe si no es el suyo. Caníbales sociales.
Soy colombiano de vocación porque amo la patria de mis abuelos aunque me sienta orgulloso de mi panameñidad, al fin no son excluyentes ambas consideraciones, García Márquez dijo en algún momento ser ciudadano del mundo, por ello, indico que los guerrilleros no son marcianos y los soldados son mis hermanos. ¡Viva Colombia!
Abogado