default

La noche negra del 11 de octubre


La historia marca los verdaderos hechos que conllevan sus acciones y sus prtotagonistas, mas olvidar los hechos del 11 de octubre de 1968 es como volver a recordar las acciones sediciosas de los militares que cambiaron la sociedad panameña. Es evidente que no podemos olvidar los sucesos del viernes 11 de octubre de 1968, cuando los militares Boris Martínez, Pinilla y Urrutia enfocaron sus acciones en determinar cuáles serían los designios que cambiarían a Panamá.

La marca en la historia nunca se olvidará, ese día el expresidente Arnulfo Arias era dado de baja en un golpe de Estado que más tarde trastornaría las cimientes cronológicas de la verdadera historia de Panamá, en la que los libros de historia señalan el verdadero nacimiento de la dictadura militar, que afectó la democracia en nuestro país,

Aquella noche que, como todas, no fue eterna en el planeta, sí marcó a muchos física y psicológicamente, porque la fuerza de las bayonetas, alimentadas por la soberbia, la persecución despiadada y el temor a las almas de civiles con profunda vocación democrática, empezaron a empujar hacia las cárceles panameñas a dirigentes políticos, gremiales y a opositores, en términos generales, en aras de silenciar las voces que pudieran repudiar el golpe a la democracia.

Entre los opositores que desvirtuaron la estancia de los militares en el poder estaban: la desaparición y muerte del padre Jesús Héctor Gallego, de Rubén Oscar Miró, Floyd Briton, Dorita Moreno, Palacios Salinas, Julio Samudio, Rita Wald, Jorge Falconet, Marlene Mendizábal, Guzmán Baúles, Heliodoro Portugal, el padre Van Klieff, Hugo Spadafora, Moisés Giroldi. La exhibición de un nepotismo sin precedentes en la historia política de la nación panameña y el enriquecimiento ilícito de ladrones de cuello blanco, que en cualquier otro país estarían en la cárcel y no disfrutando de bienes mal habidos.

Como corolario de la tiranía en el poder, los panameños tuvimos que soportar la enfermiza dictadura del más sanguinario, cínico y ladrón de los comandantes, al general Manuel Antonio Noriega, a los oficiales corruptos que lo rodearon y a los civiles que se prestaron para degradarse a la más mínima expresión, desvirtuando su condición humana y el honor que debe distinguir a un ciudadano que aspira a servir a la nación con dignidad y con decoro.

Recordemos que la historia no podemos olvidarla, quienes nos contarían de ese viernes, ya no están, pero lo esencial es que no olvidemos que la nación debe vivir un campo iluminado en democracia y no en antagonismo populista que solamente enfocan ideales en aparentar que están de acuerdo con ayudar y que lo único es causar daños como lo hicieron por 21 años de régimen autoritario militarista.