La otra cara
Hace unos días, niños futbolistas se veían las caras en una cancha de fútbol sintética ubicada en pleno corazón de un barrio popular, calificado como zona roja.
Los dos equipos eran del mismo barrio, pero de diferentes calles. En ese barrio, la lucha entre pandilleros ha sido sangrienta y es casi una ofensa relacionarse con las bandas rivales de otras veredas.
Sin embargo, los niños lucían emocionados, de seguro no estaban pensando en la violencia. Solo querían jugar al fútbol y buscar una victoria.
Había algunos muy ansiosos, solo querían meter un gol y celebrarlo con las barras, en su mayoría familiares.
Cuando el árbitro pitó el inicio del juego se desbordaba el talento. Los niños de apenas ocho y diez años parecían profesionales.
Tocaban el balón con una destreza impresionante y su condición técnica era buena. Los comentaristas solo sabían elogiar el juego porque en ningún momento bajó su intensidad.
Al finalizar el partido, los niños se estrecharon las manos, reían y hasta se abrazaban con los jugadores contrarios.
En ese momento se comprende que el trabajo que se hace con el deporte en las zonas rojas ayuda más que otros programas. Los niños disfrutan jugar y divertirse, les encanta la competencia y celebrar sus triunfos.
Algunos sectores de la ciudad viven en medio de balaceras y guerras sin sentido. Las drogas y la delincuencia parecen ser las alternativas para ganar dinero.
El Gobierno y la sociedad civil, con la ayuda de movimientos cívicos, deben implementan agresivos planes deportivos. De seguro, en esta clase de actividades los niños aprenden valores y disciplina.
El deporte pasa a ser prioridad y las pandillas dejan de ser una opción.
