La participación ciudadana
La participación del ciudadano en temas de la vida nacional, no solo es un derecho consagrado, sino un deber inalienable.
El poder público solo emana del pueblo; lo ejerce el Estado por delegación y siempre dentro de los estrictos límites de la Constitución y la Ley. Tanta responsabilidad hay en el que gobierna como en el gobernado. No puede el individuo delegar y desprenderse también alegremente de ese deber de participación continua.
En la vida pública de nuestro país, parece que el hombre ha querido renunciar a un deber con el que nace y que no se puede enseñar. Así como el ser humano siente una espontánea inclinación por proteger a los suyos, debería también en nosotros surgir ese deseo de velar por el cumplimiento puntual y responsable desempeño del poder público en manos de quienes se les ha delegado únicamente.
En el interior y desde muy pequeños se nos enseñaba que cuando el azúcar se llena de hormigas, no se bota, sino que se le acerca al fuego. Ese solo elemento expulsa la invasión sin tener que desechar el preciado producto. Igual fuerza expulsora quisiéramos ver al aproximar el poder público genuino y candente a quienes gobiernan.
Debemos de una vez por todas expulsar de nuestra conciencia social la idea de que la única participación posible del ciudadano en temas de Estado se da mediante el sufragio. Esa idea es sinónimo de pereza mental y comienza a gestar también en el hombre la percepción errada de que el poder público es algo simplemente ajeno a su persona.
Al padre Pío se le preguntó en una ocasión por qué existía la maldad en este mundo. Inspirado sin duda por un misticismo universal, respondió que lo malo es simplemente la parte opuesta y fea de un hermoso tejido por largo tiempo elaborado; un tejido que mientras está en proceso de elaborarse se trabaja y se mantiene siempre al revés. Solo cuando el trabajo se acaba y finalmente se da vuelta a la pieza que fuera tejida a la inversa, podemos entender entonces la razón de la existencia de ese lado malo, con un patrón hasta entonces desconocido.
Vivimos y contemplamos hoy el lado opuesto de ese tejido bueno, que algún día se volteará y el trabajo insistente de algunos pocos que se rehúsan a perder la fe y la esperanza en el ser humano será revelado entonces en toda su plenitud y esplendor.
Abogado