La percepción negativa
El otro día en la radio, una oyente me reclamaba el tono negativo de mis análisis y comentarios. Basaba su queja en que casi nunca, según ella, hablaba de algo bueno relacionado con el Gobierno Nacional, específicamente del presidente Juan Carlos Varela.
Varias cosas llamaron mi atención. Que no me reclamara del tono negativo cuando analizo los partidos de oposición igual, o que no me llamara la atención por el curso de la economía en este momento en el país ni por el lento avance de las obras municipales de nuestra ciudad capital.
Y es que, por más que uno trata, nuestros gobernantes y aspirantes a serlo han encontrado la manera de enrarecer el ambiente no solo político, también el día a día de las personas.
Si se fijan, hay un aumento en la intolerancia entre los panameños: hacia los extranjeros, hacia los políticos, hacia los gremios, e incluso entre nosotros mismos.
El alza de casos de violencia doméstica y de incidentes entre conductores de vehículos en nuestras ciudades, que se bajan a pelear, a tirarse piedras y otros espectáculos lamentables, nos dan una imagen clara de la situación.
Por lo anterior, aunque parezca extraño, cuando los gobiernos no se comportan de manera optimista, ni lo transmiten, eso llega a la sociedad y esta actúa en consecuencia. Si la población siente que sus autoridades son incapaces de resolver los problemas del día a día, lo que termina sucediendo es casi predecible.
Entonces, queda clara la importancia de un gobierno dinámico y motivador como motor de la sociedad en su conjunto. Y no hablamos de llenar los medios de comunicación con espacios publicitarios inútiles que solo sirven para la facturación de algún favorito, es sobre hacer y que se note.
Es real que la creación de empleo corre por cuenta de la empresa privada. Entonces, esta última debe trabajar en conjunto y casi que a diario con nuestros gobernantes. Lo malo es que, a estas alturas, yo creo que eso no está sucediendo.
Los gremios privados del país, los sindicatos, las organizaciones de la sociedad civil, casi tienen que rogar para conocer algún plan del actual gobierno. La desconexión es casi total. Los ministros, sencillamente, casi no se reúnen con las organizaciones referidas.
Y de esta manera, llegamos a la oposición. Ahora resulta que todo es malo y todo se dejó preparado desde antes. Qué raro, porque de ser así, seguirían gobernando. Es lo lógico.
Pero la verdad es que quien está en este momento en la oposición política en nuestro país es porque fue rechazado por el pueblo, por sus acciones, por su comportamiento y por su falta de capacidad. En conjunto o de manera particular. Esta es la verdad.
Y sí, es complicado encontrar tópicos en el diario vivir nacional que generen algo de optimismo a los panameños.
Los mejor de todo esto es que las proyecciones y números económicos son positivos. El país no solo crece, lidera a la región. Incluso la proyección de los organismos como el Fondo Monetario Internacional y otros es que para los próximos años seguiremos creciendo. Y liderando la región.
Y no hablar de otros números. Proyectos como los del Canal de Panamá, el metro y otros ya son una realidad que dinamiza el país.
En mi concepto, lo que queda claro es que los panameños en realidad no vemos un cambio en la situación debido a que nuestros políticos han perdido el norte y se han concentrado en las grandes realizaciones.
No se entiende que los nacionales han perdido la calidad de vida, ven cómo se desmejoran sus servicios básicos ante la pasividad de los entes reguladores, no comprenden cómo el servicio de transporte público es cada vez más malo, a pesar de las multimillonarias inversiones y promesas. Tener que comprar un carro se ha convertido en materia obligatoria entre nuestros ciudadanos y eso, a pesar de lo que parezca, es una carga adicional.
Y ni hablar de la educación y el sistema de salud. Escuelas repletas de estudiantes, con planes de estudio obsoletos, salones de clases repletos, con epidemia de embarazos adolescentes y pérdida casi total de la autoridad del maestro y el profesor. En el sistema de salud, estructuras deficientes, con una atención cada vez más impersonal, deshumanizada y carente de sentido de la urgencia. Donde aún hay que estar en plena madrugada haciendo fila para rogar por algo de atención de nuestro sistema médico público.
Hay cosas buenas que describir, pero son difíciles de percibir para el que vive una realidad de mayores costos en el día a día y es testigo de cómo se desmejora su calidad de vida como ciudadano.