La piedra angular
Aprovecho el inicio de esta Semana Santa para referirme a la parábola de los viñadores homicidas (Mc. 12, 1-12), la cual resume la historia de la salvación. En la misma se compara a Israel con una viña escogida, provista de su cerca y de una torre de vigilancia donde se coloca el guardián para protegerla de ladrones y alimañas. Los viñadores son los dirigentes del pueblo y el dueño es Dios.
El dueño envía una y otra vez a sus siervos para percibir sus frutos, y sólo recibieron malos tratos. Finalmente, envió a su Hijo, pensando que a Él si lo respetarían. Los viñadores lo echaron fuera de la viña y lo mataron. Jesús, que se menciona discretamente a sí mismo en la parábola, debió de hablar con gran pena, al ver cómo es rechazado por aquellos a quienes viene a traer la salvación y terminará diciendo esas palabras, tomadas de un Salmo: la piedra que rechazaron los constructores, ésta ha llegado a ser piedra angular.
Para los cristianos, Jesús es la piedra clave que sostiene y fundamenta todo la vida; sin ella el hombre se viene abajo. Es como un arquitecto que desea construir la bóveda de un ábside y primero traza toda la circunferencia partiendo de un punto clave: el centro.
Guiándose por esta norma infalible, ha de calcular luego la exacta redondez y el diseño de la estructura. Así es como un solo punto se convierte en la clave fundamental de una construcción imponente. De modo semejante, Jesús es el centro de referencia de nuestros pensamientos, palabras y obras. Con relación a Él queremos construir nuestra existencia.
Por eso, sería una gran incoherencia dejar nuestra condición de cristiano a un lado a la hora de escribir un artículo, realizar un negocio o planear las vacaciones. Respetando la propia autonomía, las propias leyes que cada materia tiene y la amplísima libertad en todo lo opinable, no conviene detenerse en la consideración de un solo aspecto económico, político, académico, artístico o científico.
A la hora de realizar un negocio o aceptar un determinado puesto de trabajo, un buen cristiano no sólo mira si le es rentable económicamente, sino también si es lícito, si produce el bien o el mal a otros, o si de él se derivan beneficios para la sociedad. Si es moralmente ilícito, o al menos poco ejemplar, las demás características – por ejemplo, la rentabilidad – no lo convierten en un buen negocio.
El error se presenta frecuentemente vestido de nobles ropajes de ciencia, arte o de libertad. Porque detrás de aquella apariencia de bien hay en realidad un mal, que se manifiesta con la vestidura de una buena obra, de una falsa belleza o de un magnífico negocio. El cristiano, por haber fundamentado su vida en esa piedra angular, debe tener su propia personalidad, su modo de ver el mundo y los acontecimientos, y una escala de valores bien distinta del hombre pagano, que no vive la fe y tiene una concepción puramente terrena de las cosas. Una fe débil y tibia puede provocar en algunos esa especie de complejo de inferioridad, que se manifiesta en un inmoderado afán de humanizar el Cristianismo, de popularizar la Iglesia y acomodarla a los juicios de valor vigentes en el mundo.
Como cristiano que soy necesito estar metido en los asuntos de Dios, a través de la oración, la reflexión y hacer el bien. Se trata de ser personas fieles en medio del mundo, en la vida corriente de todos los días, en todos sus afanes e incidencias, alertas de los riesgos de un conformismo acomodaticio con las costumbres paganas. A veces ese
inconformismo nos llevará a navegar contra corriente y a rozar la insensibilidad e incomprensión de algunos, pero no debemos olvidar que el cristiano es levadura, metida dentro de la masa a la que hace fermentar.
Pidamos entonces a Dios su gracia durante esta Semana Santa, para que nos ayude a vivir coherentemente su creación y a descubrir la verdad en todas sus realidades.
