La pobreza como forma de cultura de nuestro diario vivir
La pobreza es un elemento típico de la cultura, la cual inició desde el comienzo de la humanidad como reflejo de las leyes de la naturaleza. Los más aptos sobreviven y los que más tienen también. En términos más amplios, es la pobreza consecuencia directa de modelos arcaicos del contrato social establecido entre los grupos de hegemonía de la sociedad y sectores medios que desde tiempos remotos le han servido para sobrevivir.
Este contrato, que nadie firmó pero que de manera universal la humanidad lo ha aceptado, es el motor de la actividad productiva, y de la mayoría de los sistemas de organización social conocidos. Basado en la acumulación y distribución de los bienes materiales y racionales, que van en contra muchas veces de toda moral y de sentimiento de solidaridad y equilibrio de los seres humanos.
Los resultados son vistos: en acumulación y carencias, relación especulativa de trabajo y capital, de marginados y excluidos. Esto hace patente que se dé la llamada cultura de la pobreza, un hecho en que los sectores hegemónicos y subalternos y la sociedad en sí, se nos haya programado a manera de costumbre, por la fuerza o por la misma educación, para regirnos según las tácticas implícitas de este hecho. La cultura de la pobreza es un universo inevitable, ahora globalizada e informatizada, en la cual las relaciones de producción y consumo provocan miseria material y espiritual en términos mundiales, sistema de explotación de la riqueza natural de la misma mano de obra humana y de la elevada orden de la informática e internet como otra fuente de poder y capital.
Lo cual, a fin de cuentas, el ser humano crea una norma mental y que se transforma en una ideología racional. De este modo, son pocas las personas, atrapadas en este universo, cada vez más a fin al desperdicio y superfluo, que están dispuestas o preparadas para dar el brinco a una nueva cultura de bienestar y guiada por la acción de la solidaridad humana. Tanto ricos como pobres a lo que aspiran es a tener más sin dejar de ser lo que son.
Los ricos más sensibles en este caso, no tienen opciones viables para promover la equidad por las mismas razones que los pobres, anegados por su historia vital, carecen de opciones para asumirla. Esa miseria que les ayudó a no desaparecer de las montañas, o en calidad de sobrevivientes de los barrios marginados, están en total enajenamiento por la falta de valores que les puedan servir para defender su identidad, y les puedan incorporar hoy a los escenarios actuales.
En este caso, la cultura de la pobreza seguirá vigente en la mente y en espíritu de las personas hasta que se logre una vía basada en programas económicos que no se basen en el clientelismo paternalista. Y que el ahorro económico del gobierno sea vial para un desarrollo a largo plazo de condiciones y estrategias que den como resultado la distribución de la riqueza por medios serios y concretos, y dando así como resultado el desarrollo humano sostenible que es lo que más necesitamos.
Promotor cultural, ambiental y escritor.
