La política como escuela de civismo
Política, según la definición académica y el tradicional concepto, es el arte de gobernar y dar leyes y reglamentos para mantener la tranquilidad y la seguridad públicas, y conservar el orden y buenas costumbres.
No puede ni debe confundirse este concepto con la “politiquería” que es una funesta caricatura del original. La buena política es la que se sirve de la franqueza, del juicio equilibrado, de la probidad y la hidalguía. La otra es la que organiza sus arsenales con la demagogia, la calumnia, la mentira, el negativismo sistemático, la intriga, el acoso y el chantaje.
El hombre, ya lo dijo Aristóteles, es un “animal político”. Sin embargo, esto no quiere decir que todo hombre sale a la luz con el destino, el don y las condiciones innatas para ser político, de igual manera que el pájaro nace condicionado por la naturaleza para volar.
Lo que el filósofo expresó es que el hombre se distingue de los animales por la necesidad y la tendencia que siente a vivir en sociedad. No nos detengamos en el hecho de que desde Aristóteles hasta acá el progreso de las investigaciones científicas han permitido establecer que existe especies animales que también viven organizadas comunitariamente.
Señalemos solo que el hombre, efectivamente, sobrepasó los estadios inferiores de su evolución agrupándose en comunidades, y que, dentro de lo humanamente previsible, no podrá dejar de seguir siendo, en este sentido, un “animal político”. Esta es una de las razones que existen para que no sea posible abjurar de la política.
Debemos exigir que los políticos se ajusten a las reglas de la decencia y la ética, que inspiren su conducta un verdadero patriotismo y un probado desprendimiento, que cuanto digan y hagan responda a una convicción sincera y a un riguroso sentimiento de responsabilidad: así servirán a la colectividad y contribuirán a restablecer en ella el sentido moral, hoy tan decaído; así (con hechos y no con palabras enfáticas y vacías) habrá de prestigiarse la política, y del menester inferior que ha llegado a ser, se transformará en una auténtica escuela de dignidad cívica.
Hay que sanear la política, hemos sostenido en más de una ocasión. Sí, esto es lo que hay que llevar cabo sin demora si aspiramos a que ella sea realmente el arte o la ciencia de gobernar los pueblos, y de “gobernarlos bien”, y si queremos, asimismo, que quienes están encargados de aplicar esa ciencia jueguen limpiamente su papel.
Para realizar esta obra hay que terminar con la inmoralidad que permite a un mal político engañar y hacer demagogia, en detrimento del bien común, desde la tribuna callejera, a la que sube para solicitar el voto popular, o el sillón legislativo, desde el cual dicta leyes a la República. Que esto es el demagogo: el que miente a sabiendas al formular promesas incumplibles y aprovecha la función pública para adquirir poder y riqueza a costa no solo de quienes los votan de buena fe, sino también del prestigio de las instituciones democráticas y del decoro de la vida nacional.
Un movimiento cívico sin doctrinas y sin ideales definidos, es un conglomerado amorfo, carente de fuerza vital y de representatividad. Los pueblos (como Panamá), necesitan agrupaciones políticas que esclarezcan la conciencia ciudadana, que ilustren el entendimiento de las masas, que siembren las inquietudes patrióticas, que condenen los males de la demagogia, de la corrupción, del engaño y enseñen a compartir los bienes de la democracia y a manejar con ciencia y con conciencia los beneficios de la libertad.
El pueblo panameño está cansado de tanta promesa incumplida. Está enfermo de descreimiento y exige más respeto para su nobleza y para su buena fe. Anhela que los líderes partidarios accionen con honestidad intelectual, con lealtad en la conducta, con inspiraciones altruistas y con patriótico celo para que el país cuente con conductores honestos, capaces y veraces que ejerciten honradamente el magisterio de la solidaridad.
Pedagogo, escritor, diplomático.
