La política de la desigualdad
Entre las características estructurales del modelo de crecimiento de la economía panameña, como se ha destacado innumerables veces, se encuentra la enorme desigualdad en la distribución de los ingresos y la riqueza que el mismo genera. No en vano las estadísticas del PNUD disponibles para 2011 muestran que, utilizando el conocido coeficiente de Gini, la desigualdad en la distribución del ingreso en Panamá, donde este indicador se coloca en 52.3, resulta ser más radical que la observada en promedio para el conjunto de los países clasificados como de bajo desarrollo humano. Concretamente el coeficiente de Gini de Panamá supera en más de 20% al correspondiente a este último grupo de países.
Lo que generalmente no se esclarece es que esta desigualdad está íntimamente ligada y corresponde al no menos sesgado régimen político de dominación que se observa en el país. Dicho sistema no solo ha significado el enriquecimiento y la acumulación de capital vía la corrupción, sino la consolidación de un sistema que protege y consolida, bajo el camuflaje del libre mercado, las rentas monopólicas generadas por el comercio especulativo, a la vez que resulta permisivo con la destrucción del medioambiente . No menos importante son todos los mecanismos de desposesión de la población, los que van desde la deuda pública hasta las leyes y medidas antiobreras practicadas por los diversos gobiernos. Es así que las contradicciones entre los diversos partidos políticos solo pueden entenderse como un reflejo de las pugnas entre las diversas fracciones de los sectores económicos dominantes, quienes intentan apropiarse del poder político para utilizarlo como palanca de su acumulación de capital.
Se trata de un esquema en el que no solo la política refuerza la falta de equidad. También resulta ser uno en que la alta concentración del poder económico termina convirtiéndose en un mecanismo que reproduce el control político del país por parte de los sectores económicamente dominantes. Esto se evidencia, para dar un ejemplo, en el financiamiento de las campañas electorales, en las que el alto costo que las mismas generan solo es posible para dichos sectores, quienes aprovechan su posición económica para afianzar su influencia indiscutible sobre la esfera política. Como diría Joseph Stiglitz, no se trata de un sistema en que cada ciudadano es un voto, sino uno en que cada dólar se convierte en un voto. Donde mejor se observa la superposición entre el poder económico y el poder político es en la práctica, extensamente utilizada por todos los partidos que nos han gobernado, de utilizar los fondos y programas públicos como mecanismos para intentar asegurase el éxito en las próximas elecciones.
La conquista popular de las candidaturas independiente, junto a una reglamentación relativamente favorable a las mismas, constituye una oportunidad de desafiar al régimen existente. Para aprovecharla plenamente hace falta que esta se exprese en un programa que defienda la población contra los designios del neoliberalismo, al tiempo que se evita cualquier intento de que los sectores dominantes de apropiarse y desvirtuar el contenido progresista de las candidaturas independientes.
Economista.