La presidencia imperial
Panamá ha sido, desde su proclamación como Estado en 1821, una nación con diferentes formas de gobierno, todas según las circunstancias políticas del momento. Nuestra anexión al proyecto del Libertador Simón Bolívar, idea que lamentablemente muere con él, fue un paso atrás en la idea que tenían quienes decidieron dejar la Corona española atrás.
Una serie de gobernadores, que se pueden apreciar en el Salón Amarillo de la Presidencia de la República, son los encargados de recordarnos que nunca se hizo un debate serio sobre el tema de cómo gobernarnos.
Quizás, lo más cercano, fue el ejercicio del doctor Justo Arosemena con su Estado Federal. No entraré en las razones que motivaron el fracaso de esta iniciativa, pero lo cierto es que en un país tan pequeño, y tan desigual, era algo complicado de materializar.
Igual, cuando decidimos formalizar el Estado creando la República de Panamá en 1903, tampoco repararon nuestros ancestros en el tema. La Constitución de 1904 creó disimuladamente un protectorado de los Estados Unidos, que dejaba en manos de las diferentes fuerzas políticas del país nuestro destino. Eso motivaba a políticos de diferentes bandos a solicitar al Gobierno norteamericano, su aval para uno u otro candidato presidencial, o para resolver problemas sociales y económicos del Istmo.
El propio Belisario Porras, en uno de sus múltiples escritos, confiesa el error cometido al viajar a la capital estadounidense a solicitar la venia de ese país para un torneo electoral.
Luego de la reforma, Panamá se aboca a un largo periodo de inestabilidad política. A través de Acción Comunal, la sociedad civil es la que orquesta el primer golpe de Estado. Luego, los políticos caen en manos de la Policía y eso sigue así, sin ningún reparo hasta el asesinato del presidente José Antonio Remón.
La estabilidad política de los siguientes años es tan frágil que cuando los militares dan el golpe de 1968, quisieron repetir las mismas prácticas de la época anterior: poner un presidente civil que respondiera a los policías y militares. Eso no sucedió y terminaron con las riendas del Estado por 21 largos años, con las consecuencias que todos conocemos.
En 1972 se establece una Constitución política a imagen y semejanza de un hombre fuerte. Incluso, lleva un artículo transitorio que nombra el general Omar Torrijos jefe de Estado, algo inédito en la región.
Hasta hoy, la Constitución de hace más de 40 años sigue vigente con múltiples adendas y reformas. Ese no es el problema. El punto es que seguimos sin discutir realmente cuánto poder necesita el jefe del Estado en un país como el nuestro.
En este momento, y gracias a la inacción de cada presidente desde 1990, la presidencia de Panamá es un ente imperial. Un presidente todo poderoso, capaz de reducir con el presupuesto de la nación en mano, a la obediencia más vertical a los demás órganos del Estado.
Ni hablar de temas como las relaciones internacionales, o los grandes temas estructurales del país. Todo queda en las manos, y el buen o mal humor, de un presidente que termina definiendo el bien y el mal de sus ciudadanos; la riqueza o la pobreza de su pueblo; y, para rematar, el destino de todos los que vivimos en esta tierra.
Y es por eso por lo que al abandonar el puesto terminan tomando un avión y se pierden en medio de la distancia. Todos, por múltiples razones. No regresan hasta que, con la venia constitucional, pueden aspirar nuevamente a la primera magistratura del país, en una especie de “borrón y cuenta nueva”.
Hemos iniciado un proceso de descentralización que no tiene futuro, tal como se ha planteado. Sí, necesitamos con urgencia descentralizar la organización administrativa y política del país, pero no podemos hacerlo mientras la presidencia de la República tenga tanto poder como el que tiene actualmente.
Por supuesto, no hay presidente dispuesto a reducir, desde el poder, sus competencias y alcance. Para eso se necesita alguien dispuesto a empinarse sobre sus propias circunstancias, sobre su propio ego y aspiraciones personales, y este país aún no ha tenido tanta suerte.
Tenemos que trabajar para lograr que eso suceda. La única forma es aprender a votar y a exigir. Pensar en el país. Discutir, presentar ideas y debatirlas. Esto enriquece y permite que tengamos una mejor sociedad.
De una vez por todas, es el momento de replantear esta situación. Y no va a venir nadie de afuera para resolverlo. Lo tenemos que hacer nosotros. Y sobre todo, insistir a través de cuanto generador de opinión lo pueda hacer.
Ingeniero. Estratega-consultor político