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La realidad y el ideal educativo en la sociedad


Paulino Romero C. (opinion@epasa.com) / Pedagogo, escritor, diplomático

La educación, como proceso de formación humana -así como afirma Juan Mantovani- parte de una realidad: las condiciones originarias del ser en sus dos aspectos, individual y social, y se dirige hacia un ideal: especie de representación intuitiva de los valores que se procura desenvolver, o de la imagen humana que se quiere realizar.

Cada uno llega a realizarlo en la medida de sus posibilidades y esfuerzos. La tarea educativa siempre se refiere a un individuo real, concreto (el niño, adolescente, joven, adulto), y por el ideal, conforme al cual es estimulado el desarrollo del ser, que aparece también condicionado por las preferencias y necesidades de la sociedad.

El paso acelerado de los descubrimientos tecnológicos y el desarrollo de la economía, han dado a la cuestión educativa una importancia capital. Las necesidades inmediatas de planificación institucional para hacer frente a las cambiantes condiciones, la han hecho grave.

En consecuencia, durante casi seis décadas se han venido enardeciendo en todo el mundo civilizado una gran discusión acerca de la naturaleza, el contenido y las metas de la educación.

Editores y columnistas de periódicos han realizado campañas para influir en la educación. La industria en gran escala está haciendo planes en los que la escuela del sector vocacional y tecnológico tiene un importante papel. Hasta los negocios (para usar un término lo bastante amplio para abarcar las ubicuas asociaciones de bienes raíces), han cambiado el carácter de su tradicional interés en la educación.

En el pasado, generalmente los negocios condenaban la educación primordialmente desde el punto de vista de su efecto sobre la tasa de impuestos.

Ahora se preocupan directamente, no solo por el costo de las escuelas sostenidas con los impuestos, pero exentas de ellos, sino por el contenido de la instrucción escolar. En resumen, la educación es ahora, como nunca antes, noticia de primera plana.

Esta sería tal vez la más saludable y alentadora señal en la educación, si no estuviera viciada por la tendencia a aprovechar las discusiones y proposiciones educativas con fines de sensacionalismo.

Con demasiada frecuencia se publican las noticias sobre educación como si fuera un relato de una riña callejera. Pero hasta ese precio resulta reducido, si permite a todos comprender que la educación es asunto que a todos concierne.

Ahora bien, el ideal, como núcleo de valores, se convierte en norma y contribuye a elevar al hombre, desde la dispersión de sus poderes originales, a una ordenación y unificación espiritual. La educación reconoce siempre una individualidad dúctil, susceptible de ser influida, y un estado superior, posible de alcanzar. Se cumple en la relación de un “ser” y un “deber ser”, una “realidad educable” y un “ideal educativo”.

La educación es válida en cuanto se convierte en un proceso que encamina a la realidad dada -natural y social- hacia una perfección posible mediante un juego de influencias orientadas hacia tal fin.

En términos generales, la personalidad se eleva por encima de la mera individualidad, orientada teleológicamente por la realización de valores. Es en el mundo de los ideales donde se cumple la formación espiritual del hombre: valiosas direcciones dotadas de fuerza normativa gravitan sobre el alma individual y su conciencia moral. Esas direcciones proceden del espíritu de cada época histórica, de la cultura objetiva.

Los ideales formativos siempre son como el reflejo de los pueblos y de las épocas. La historia de la educación muestra la íntima relación existente entre cultura y educación, porque los ideales educativos nacen de los ideales culturales de un pueblo.

El ideal es el elemento teleológico y normativo de la educación en cuanto expresa la imagen de algo que debe ser. Para que el ideal tenga vigencia debe asegurar su acuerdo con la realidad, es decir, la posibilidad de ser alcanzado.

Cuando los ideales se desconectan de la realidad dejan de ser ideales históricos para convertirse en ideales abstractos. El ideal de la educación asegura la unidad y coherencia del individuo y del pueblo.

Lo contrario puede asegurar en el educador una suma de conocimientos, erudición, pero no la unidad formativa que conduce al hombre verdaderamente educado.

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Viernes 14 de agosto de 2026